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¿Queda tiempo para evitar otra desilusión?

Cuando gran parte de la sociedad argentina pensaba que la presión impositiva que dejó el Kirchnerismo en el 2015 era brutal e insuperable, aparece en el escenario político un nuevo frente electoral compuesto por el Pro,  parte del radicalismo y con el sello de transparencia garantizado por Elisa Carrió. Cambiemos gana las elecciones de ese año y abre una ventana de esperanza para los abrumados contribuyentes que veían cómo sus expectativas de crecimiento, se iban diluyendo a medida que aumentaba  el clientelismo, el populismo o como quieran llamarlo, llevado adelante contra viento y marea, bien o mal,  por su conductora Cristina Kirchner.

Cuando de repente, la gente votó “un cambio”, llegó al gobierno Cambiemos, con  “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” comandado por el presidente Mauricio Macri.

Después de algunos escasos intentos de cumplir con las promesas electorales, y cuando la mayoría de los contribuyentes creímos ver una luz al final del túnel, el mercado pasó factura por el excesivo “gradualismo” y la falta de un ajuste serio, cortando el financiamiento externo.  El “genial equipo” de Macri, Vidal y Larreta echó mano a la más vieja y menos original de las  ideas: aumentar  impuestos. Y la luz al final del túnel se convirtió en una tremenda locomotora que viene a toda marcha, que nos llevará puestos a todos los que aún formamos parte del selecto grupo de pelotudos que seguimos endeudándonos para poder pagar los exorbitantes  impuestos que el enorme estado argentino cobra a los cada vez menos contribuyentes.

Y vemos como las pymes tienen que despedir empleados de años con costos impensables e impagables, endeudándose  aún más para ver si pueden sortear esta tremenda crisis que afecta  sus ventas por la recesión, sus márgenes por la inflación y sus gastos por la suba de los servicios, de los impuestos  y los costos directos de producción.

Y en ese camino, algunas no aguantan y tienen que achicarse o  cerrar, caso Paquetá, si el gobierno no “la salva” de alguna manera, caso Sancor que fue vendida, el Hotel Chivilcoy, y tantos otros comercios que día a día vemos como cierran sus puertas en nuestra ciudad y en el país, achicando aún más, la cantidad de exhaustos ciudadanos que pagamos impuestos.

Y si cada vez quedan menos privados a los que el Estado pueda cobrarle impuestos, y cada vez hay más familias que pasan al lado de los necesitados de asistencia;  el resultado de  la ecuación es cada vez más malo. Al haber menos contribuyentes, la recaudación caerá en términos reales y el asistencialismo deberá crecer. Y la luz en el túnel es cada vez es más nítida porque, cada vez, está más cerca. Un estado con menos recursos, y sin financiamiento externo, no tendrá otra alternativa que la emisión monetaria y seguir cada vez con más inflación. El tren de frente está ahí, lo tenemos en nuestras narices.

Y en un país donde los impuestos, según el  presidente son los más altos del mundo y la contraprestación del estado es poca y de mala calidad, “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” pone nuevas retenciones a las exportaciones, aumenta la alícuota de bienes personales, le cobra impuestos a las ganancias a cada vez más trabajadores, aumentan los servicios públicos y por lo tanto aumentan los impuestos cobrados en ellos, la provincia cómplice, aumenta el inmobiliario y las patentes -vía revalúo- de manera exorbitante, causando la mayor parte de la inflación que ellos mismo dicen combatir. Los municipios no se quedan atrás. Las jubilaciones de privilegio no se tocan, los sueldos de los legisladores y sus secuaces tampoco, los gastos de la política siguen intactos.

¿Otra oportunidad desperdiciada?. ¿La pobreza cero es una utopía?

 

F. A. M

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