Los reyes de la calle
En Chivilcoy, manejar una moto parece otorgar dispensa para ignorar cualquier norma de tránsito. Los accidentes se acumulan, el hospital colapsa y el Concejo Deliberante sigue mirando para otro lado.Chivilcoy creció. Se nota en sus calles, en el movimiento, en el ruido. Y se nota, sobre todo, en la cantidad creciente de motos que circulan a toda hora, en todas direcciones, con una soberanía que ningún reglamento parece poder doblegar. Circular sin casco, ignorar semáforos, llevar tres o cuatro personas sobre la misma moto, conducir sin documentación, sin patente, sin frenos o sin luces, siendo menor de edad o sin licencia: estas no son excepciones. Son la regla.
Existe entre nosotros una convicción silenciosa pero extendida: subirse a una moto en esta ciudad equivale a quedar eximido de las obligaciones que el código de tránsito impone al resto de los ciudadanos. Como si la velocidad, la precariedad del vehículo o simplemente la costumbre otorgaran un fuero especial. Un derecho no escrito a ser rey de la calle.
No pasa un día sin que este medio registre un accidente de moto. Ya no sorprende. Y eso, en sí mismo, debería alarmarnos profundamente.
Los reyes de la calle no nacen solos. Son, en parte, el producto de adultos que no dieron el ejemplo: los mismos padres y madres que circulan sin casco con sus hijos a bordo y pasan semáforos en rojo como si no existieran. Los mismos que después lloran y exigen justicia cuando ese hijo termina protagonizando un accidente. La indignación tardía no absuelve la negligencia previa.
Son también la consecuencia de años sin controles efectivos, sin sanciones reales y sin educación vial.
Las consecuencias son concretas y costosas. El hospital municipal recibe semana tras semana a los protagonistas de estos incidentes. Camas ocupadas, personal sobrecargado, recursos desviados de otras urgencias. El hospital no está desbordado por casualidad: lo está, en buena medida, por una impunidad que nadie ha querido —o sabido— resolver.
Las fuerzas de seguridad incautan entre veinte y treinta motos por semana. Es un número que podría sonar alentador si no fuera porque el problema, lejos de menguar, crece con cada mes que pasa. Secuestrar vehículos sin una política integral no es una solución: es una curita sobre una hemorragia.
¿Quién tiene la responsabilidad de actuar? La respuesta es incómoda pero clara: el Concejo Deliberante y el Poder Ejecutivo municipal. El cuerpo elegido por los vecinos para legislar sobre exactamente este tipo de problemas. Chivilcoy necesita ordenanzas sin fisuras —sanciones graduales y efectivas, controles sostenidos, campañas de educación vial— y, si hace falta, mecanismos de responsabilidad para los mayores que permiten o facilitan que menores conduzcan sin registro. El Ejecutivo, por su parte, tiene la obligación de hacer cumplir lo que esas ordenanzas dispongan. Legislar sin ejecutar es otra forma de mirar para otro lado.
Nadie pide lo imposible. Se pide lo mínimo: que las reglas se cumplan, que las consecuencias de ignorarlas sean reales, y que quienes gobiernan esta ciudad comprendan que cada accidente tiene un nombre, una familia y un costo que todos terminamos pagando.