Opinión
¿Defensores del orden o arquitectos del caos?
Por Diego MagriniLa reciente escalada del conflicto en Medio Oriente, desencadenada por el ataque que cobró la vida del representante de Irán junto a miembros de su familia, ha puesto de manifiesto una paradoja inquietante: aquellos que se autoproclaman defensores del orden mundial y garantes de la paz son precisamente quienes inician acciones con consecuencias devastadoras y previsibles.
Lo que comenzó como un golpe dirigido ha generado un efecto dominó que amenaza con polarizar al planeta, involucrando a potencias como China y Rusia, y exponiendo a toda la humanidad al riesgo de un enfrentamiento aún mayor, incluso con tintes nucleares.
Bajo la lógica de la "lucha eterna entre Oriente y Occidente", la eliminación de una figura clave no resuelve nada: los sistemas y las identidades colectivas tras estos conflictos se perpetúan más allá de las personas físicas. Además, desde la perspectiva neurocientífica, la venganza actúa como un ciclo adictivo y transgeneracional, alimentado por sentimientos de pertenencia y justicia personal que hacen casi imposible cortar el lazo de la violencia. A esto se suma el principio físico de la entropía, que se refiere que el caos tiende a aumentar si no se toma una acción consciente para contrarrestarlo.
Pero detrás de esta escalada parece moverse otro factor: el desmoronamiento del relato del "American Dream". La promesa de bienestar, economía fuerte y oportunidades para todos ha ido perdiendo vigencia entre los propios ciudadanos estadounidenses, quienes enfrentan generaciones de deudas, un sistema de salud colapsado, carencias en salud mental y universidades inaccesibles. Ante este vacío, el espectáculo de los conflictos internacionales podría estar funcionando como una forma de mantener la atención alejada de los problemas internos, mientras la moneda estadounidense enfrenta desafíos por la inflación y su posición global.
Curiosamente, la fecha de estos eventos coincide con una alineación astral similar a la que acompañó la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría en 1989. Si bien, estas lecturas ancestrales fueron muchas veces ridiculizadas, hoy invitan a la humildad y a preguntarnos: ¿cuáles son las murallas internas y las guerras frías que cada uno de nosotros debe derribar para contribuir a un orden más justo? Porque el equilibrio del mundo no se logra anulando un polo frente al otro, sino respetando los límites y construyendo acuerdos que pongan por encima el bienestar colectivo.
En paralelo, los efectos se hacen sentir incluso en contextos locales, donde la violencia también cobra vidas importantes y mantiene a toda una comunidad en vilo. Es decir, que los conflictos globales no son un espectáculo lejano, sino que tienen eco en cada rincón del planeta, afectando a ciudadanos inocentes que solo buscan vivir en paz.
Entonces ¿Los países deberían establecer nuevos marcos de diálogo que incluyan perspectivas ancestrales y científicas para prevenir conflictos de esta magnitud?