Opinión
Roca o Martínez de Hoz
Él. “Nadie espera que Milei haga un desarrollismo a la Frondizi” Por Eduardo Falcone diputado nacional del MIDEstamos asistiendo a un nuevo episodio de la sucesión pendular entre gobiernos populistas y liberales que, hasta el momento, no han logrado sacar al país del subdesarrollo. A un largo y calamitoso período dominado por un populismo extraviado en múltiples frentes, le ha sucedido una gestión de signo opuesto que ha acertado en identificar el exceso de gasto público y de regulaciones burocráticas como factores determinantes de una inflación persistente y del estancamiento de la inversión privada.
La reducción del llamado “impuesto inflacionario” ha tenido efectos visibles en la liberación de fuerzas productivas y en los indicadores estadísticos de pobreza medidos por el INDEC. Sin embargo, otras decisiones del Gobierno están impactando negativamente en el desarrollo productivo. Millones de argentinos atraviesan las consecuencias de un ajuste que, a mi juicio, muestra signos de agotamiento desde hace meses, aunque persiste la expectativa de que, esta vez, el esfuerzo no derive en una nueva frustración.
En la actualidad, se advierte un fuerte discurso antiindustrial por parte del Gobierno, que no parece distinguir entre quienes defienden un proteccionismo prebendario e ineficiente y quienes sostenemos la necesidad de políticas industriales inteligentes, capaces de evitar tanto un proceso de desindustrialización como la concentración de beneficios en unos pocos sectores.
Una apertura indiscriminada —cuando aún persisten impuestos distorsivos—, combinada con un tipo de cambio atrasado que remite a la lógica del “deme dos”, junto a tasas de interés que desalientan el consumo y la inversión productiva pero incentivan el carry trade (una nueva denominación para la vieja “bicicleta financiera” de la época de la tablita de Martínez de Hoz), están generando un escenario de cierre de empresas y pérdida de empleos.
El Gobierno sostiene que la mejor política industrial es no tener política industrial. Sin embargo, en la práctica, tanto por los instrumentos aplicados como por sus reiteradas críticas a empresarios del sector —como Paolo Rocca—, lo que se observa no es una ausencia, sino una política explícitamente contraria a la industria.
Todo esto ocurre en un país con una infraestructura pública obsoleta y profundamente descapitalizada, situación heredada por la actual gestión, pero para la cual aún no se vislumbra un plan integral de recuperación. Nadie espera que el presidente Milei impulse un desarrollismo al estilo de Frondizi, más allá de ciertas coincidencias en materia de racionalización del Estado, privatizaciones, alineamiento internacional con Occidente —especialmente con Estados Unidos— y promoción de inversiones en sectores estratégicos.
Quienes nos identificamos con el desarrollismo esperamos, dada su impronta liberal, que la política económica del Presidente se acerque al menos a la de otro liberal histórico como Julio Argentino Roca. Si la historia es el único laboratorio disponible para las políticas de Estado, resulta pertinente recordar que el modelo roquista combinó apertura comercial con un contexto internacional excepcionalmente favorable para una nación preindustrial como la Argentina, logrando resultados extraordinarios en términos de exportaciones per cápita hasta, al menos, el Centenario.
Lo distintivo de Roca fue que no se limitó a abrir la economía sin más, confiando en que el mercado resolviera todo en el largo plazo. Por el contrario, impulsó en pocos años un ambicioso plan de inversiones, especialmente en infraestructura. Ese proceso dio lugar a un crecimiento exponencial de la producción agropecuaria, al desarrollo de una incipiente industria manufacturera, a la expansión del comercio y los servicios, y a un mercado interno dinámico, acompañado por niveles de comercio exterior por habitante nunca igualados.
El Presidente ha manifestado en reiteradas oportunidades su admiración por la Argentina de fines del siglo XIX. Cabe esperar, entonces, que tome nota de las lecciones del gobierno de Roca, apueste por un desarrollo nacional integral y evite que su política económica derive en una apertura antiindustrial similar a la aplicada durante la gestión de Martínez de Hoz.