Reflexiones

Therians

Por Lucas Cortiana
domingo, 22 de febrero de 2026 · 08:03

El artículo de Cristian Giambrone para el blog Pensar liberado, “Los therians, los medios y la política”, trata de describir el fenómeno “therian” mientras hace un diagnóstico de esta época confusa en que vivimos. En vez de hacer una definición wikipedista de la práctica, que aún por su contemporaneidad escapa de cualquier definición psicológica o espiritual, Giambrone intenta leer en ella un signo de la fatiga histórica, una suerte de micro-síntoma cultural donde es notorio el cansancio de ser humanos. Es una interpretación valiente, si tomamos en cuenta el rechazo general que se ha suscitado contra esta comunidad, y más allá de si su análisis es certero o no, no es la primera vez que la sociedad ensaya ese gesto de extrañamiento respecto de sí misma. La modernidad entera puede pensarse como una larga tentativa de fuga, ya sea del cuerpo, de las tradiciones, y por qué no, también de la especie.

Sin embargo, tal vez convenga comenzar por la precisión semántica que Giambrone propone. No es lo mismo “autopercibirse” que “identificarse”, porque la primera fórmula remite a una afirmación ontológica, casi metafísica, refiriéndose a lo que alguien declara ser. La segunda, en cambio, pertenece al orden de la analogía, de la imaginación, de la fantasía, de lo simbólico, del juego: un héroe que se percibe El Zorro, un superhéroe que se percibe murciélago.

Pero identificarse como un animal no implica una negación a la condición humana (Giambrone escribe que “el movimiento therian es una señal de desilusión y hartazgo de los jóvenes con lo humano”) sino la apropiación de una imagen alternativa, una especie de fábula íntima en que los jóvenes particularmente intentan traducir su sensibilidad. Como ya ha sucedido con otras comunidades que se han popularizado y rápidamente han declinado, los “therians” parecen exponer otra forma de lenguaje de pertenencia más que una zoología delirante. Es decir, que desde siempre, cada cultura ha inventado lenguajes de todo tipo (tótems, blasones, signos heráldicos) para decir lo que escapa a los términos racionales.

Así, el artículo avanza hacia una interpretación ambiciosa en que esta identificación en realidad es una forma de alejarse de las figuras contemporáneas del poder. Giambrone explica que los jóvenes “encuentran más afinidad con otras especies animales cuando los humanos que se presentan como modelo son Trump, Netanyahu, Milei, Musk, Zuckerberg, Bezos, Putin, Xi Jimping, Kim Jong-un”. Una enumeración de poderosos que encarnan el dominio y que generan cierta antipatía popular, pero que parece un argumento flaco más allá de que cada nombre propio funcione como un arquetipo del Zeitgeist.

Lo cierto es que cada generación ha tenido su propia colección de culpables, y esta acumulación de nombres, casi barroca de Giambrone, dice más de nuestra necesidad de hallar causas visibles que sobre la realidad del fenómeno. A fin de cuentas, a fines del siglo XIX se acusaba a la industrialización de desnaturalizar al hombre; en el XX a la burocracia o al consumismo; hoy a la geopolítica y a los algoritmos, y así cada era tuvo su desencanto y en cada siglo se ha insistido en interpretar la búsqueda (o la pérdida) de identidad como una reacción directa a la coyuntura política.

El artículo también deja ver una observación fértil sobre el papel de los medios. Giambrone argumenta con buen tino que la cultura mediática no crea estas comunidades, pero las expone con la luz ambigua de los chistes, la ironía, la caricatura y a veces de la fascinación antropológica. Así, los “therians” dejan de ser una experiencia minoritaria para convertirse en objeto de circulación masiva y, según Giambrone una excelente excusa “para ocultar, no hablar y desviar la atención de temas complicados, oscuros e impopulares para varios gobiernos de turno (el caso Epstein en EEUU o la reforma laboral en Argentina).”

Es cierto que en todo esto hay una paradoja que define nuestros tiempos (“tiempos de crisis y transformación social”, dice Giambrone), porque en estos tiempos, la humanidad nunca habló tanto de sí misma -se relató a sí misma- en redes, discursos, estadísticas y a su vez, nunca pareció sentirse tan incómoda dentro de esa definición. Esa paradoja está implícita en el texto de Giambrone. Pero el ser humano, en este siglo, en el pasado o en los anteriores, continúa haciendo lo que siempre hizo, que es inventar figuras para explicarse y contarse historias. Ninguna época ha renunciado a la necesidad de narrarse, por lo tanto nada es tan inédito por más que se proclame con cierto aire de originalidad, que se ha descubierto una crisis nueva.

Comentarios

25/2/2026 | 20:28
#4
Hace un tiempo cuando una persona era bruta se le decía: animal.... ahora cuando un animal es bruto de le dice: persona.... Conclusión ahora los chicos se identifican como animal no humano para sentirse mas inteligentes (el primero fue Miley que se identifica como León)
23/2/2026 | 18:54
#3
si se te acercan hay que hacer como los perros, patadon! o no se sienten perros?
22/2/2026 | 19:39
#2
El primero es Miley que se cree león
22/2/2026 | 12:56
#1
Es psicosis quizas masiva digna de ser tratada por especialistas, para tal fin practicar una lobotomia y saber que lo llevó a cada uno a creerse un animal. Porque tranquilamente uno tambien puede autopercibirse coleccionista de therians y sería un zoologico.