Opinión
No discutamos: todos tenemos razón
Por Marcelo LopardoNunca leí a René Descartes, pero hay una frase que descubrí esta semana:“Nada es más equitativa que la razón: todos creemos que la tenemos”. La sentencia del filósofo, cobra hoy un vigor incómodo en la Argentina. Porque si todos estamos convencidos de que nuestra opinión es la correcta, entonces ¿quién escucha al otro? ¿Quién concede que podría estar equivocado? ¿Quién busca puntos de encuentro?
Hoy la razón no nos une, nos separa.
El país navega en una marea de divisiones cruzadas. Ya no se trata solo de la vieja grieta kirchnerismo-antikirchnerismo, sino de múltiples fracturas en simultáneo: mileístas contra todos, radicales sin norte, peronistas peleándose entre sí y macristas repartiéndose culpas. A nivel nacional, Milei dinamita puentes mientras convoca a un "pacto", sin dejar en pie ni un interlocutor válido. En la Provincia, el peronismo gobernante intenta no despeñarse por la cornisa económica, mientras el PRO se configura entre los que resisten a La Libertad Avanza y los que coquetean con ella. Nadie sabe muy bien quién es oposición de quién.
Y si bajamos a la escala de Chivilcoy, las divisiones no se disimulan: oficialismo municipal con un solo interlocutor para discutir y pelearse con quien se cruce o se anime a mostrar una realidad de la ciudad, la oposición contra sí misma, el peronismo en aparente unión, pero con internas que parecen insalvables, ¿qué será del randazzismo local desde diciembre?, libertarios atomizados, radicales que no radicalizan nada y pierden identidad por una banca, y vecinalistas atrapados entre la gestión y el desgaste del poder con los mismos nombres en distintas funciones. Todos creen tener razón. Todos están seguros de su diagnóstico. Nadie afloja.
Mientras tanto, la gente -esa palabra tan útil para el discurso y tan esquiva para la acción- sigue esperando soluciones concretas, no discusiones eternas. Hay más reuniones de cúpula que arreglos de calles. Más sesiones de acusaciones que de propuestas. Más comunicados cruzados que políticas públicas.
Lo inquietante no es la diversidad de ideas, que es saludable en democracia. Lo preocupante es la incapacidad de construir algo con esas diferencias. Porque una cosa es disentir y otra muy distinta es anular al otro. Y cuando cada actor político cree tener el monopolio de la razón, el resultado no es el diálogo, sino el monólogo multiplicado.
Tal vez deberíamos dejar de repetir la frase de Descartes como una excusa y empezar a vivirla como un llamado de atención. Si todos creemos tener razón, entonces la verdadera equidad está en la duda, en el reconocimiento de los límites propios. En la posibilidad de ceder. En el gesto -tan poco frecuente- de escuchar sin pensar en la respuesta mientras el otro aún habla.
La política, desde el Congreso hasta el Concejo Deliberante, necesita menos iluminados y más humildes. Menos certezas absolutas y más preguntas compartidas. Y, sobre todo, necesita una ciudadanía que no compre espejitos de colores, ni discursos inflamados de razón absoluta, porque detrás de cada pose racional muchas veces se esconde apenas otra forma de capricho. Ojalá algún día empecemos a sospechar, como Descartes, que lo único seguro es que nada es seguro. Y que la razón, si no es compartida, no es razón: es trinchera.