Opinión
“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”
Por Marcelo LopardoChivilcoy no deja de ofrecer su propio espectáculo político, pequeño pero elocuente, donde ya casi nadie se sonroja al cambiar de vereda. Radicales que son peronistas, peronistas que se declaran liberales, liberales que a su vez se encolumnan bajo banderas de centro. Todo, en cuestión de meses.
Claro, esto no es nuevo. Ningún vecino medianamente informado puede decir que se sorprende. Pero una cosa es saberlo, y otra es verlo tan a la vista, sin siquiera disimulo. Como si no existieran archivos, como si las fotos con aquel dirigente, las declaraciones del año pasado o incluso de hace dos semanas, pudieran borrarse de la memoria colectiva.
Debe ser que estoy grande. Porque cuesta entenderlo. Cuesta entender cómo referentes que, con tono grave y mirada de estadistas de barrio, decían defender un modelo, ahora abrazan otro diametralmente opuesto. Y lo peor: no se ruborizan. No explican, no aclaran. Simplemente se mueven, acomodan su silla en otra mesa y saludan como si nada.
Algunos dirán que es pragmatismo. Que el contexto exige flexibilidad, que las convicciones rígidas son para los tontos. Tal vez. Pero en esa lógica el riesgo es evidente: si todos juegan al mismo juego, si todo vale, entonces nada vale. Si hoy se es oposición y mañana oficialismo sin que cambie una sola idea, el discurso político local se vacía de sentido.
Lo más curioso es que algunos de estos saltos de vereda ni siquiera responden a grandes razones estratégicas. No es que se discuta el rumbo del país o de la provincia. Muchas veces es apenas por un lugar en una lista de concejales, por asegurarse un tercer puesto o no quedar afuera de la foto. Política chiquita, si se quiere. Política de cargos, no de ideas.
No somos inocentes, por supuesto. Hemos visto esto antes. Pero no deja de llamar la atención la naturalidad con la que se lo asume. Hay una frase atribuida a Groucho Marx que parece escrita para la política de Chivilcoy: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.
Tal vez sea hora de volver a valorar a los que, con todos sus errores, se mantienen firmes. A los que se plantan en una posición aunque sepan que eso los puede dejar sin lugar en el reparto. No es cuestión de heroísmo: es cuestión de dignidad.
Y tal vez, también, sea hora de que quienes observamos, aunque sea desde el costado, dejemos de naturalizar el vale todo. Que alguna vez la memoria, incluso la de un pueblo chico, pese más que las urgencias del presente.
Porque cambiar de idea está bien si hay razones. Lo que no se entiende es cambiar de camiseta solo porque sí. O quizás sea, como decía, que estoy grande.