Luego de las alianzas
Cuando la lapicera no alcanza: el límite del estilo Britos
Con la frase “la lapicera la tengo yo” como eje de su mensaje, dejó entrever un estilo más vertical que dialoguista, lo que despierta dudas sobre la viabilidad de un armado amplio en Chivilcoy. ¿Se trata de una estrategia firme o de un error de cálculo en tiempos de consensos frágiles?En Chivilcoy se suele decir que Guillermo Britos tiene cintura política, que sabe manejar los tiempos, los gestos, las palabras justas, seleccionar los enemigos. Pero esta vez, en el anuncio de su integración a Somos Buenos Aires, algo de esa habilidad pareció resquebrajarse.
Fue él mismo quien, en plena conferencia, lo dejó planteado con una frase que sonó más a advertencia que a invitación: “La lapicera la tengo yo.”
Puede ser una declaración honesta, incluso inevitable en términos prácticos. Pero también refleja un modo de plantarse ante los otros sectores políticos que difícilmente facilite el diálogo real.
Porque si se convoca a radicales, exmonzoístas, randazzistas o peronistas no kirchneristas con la premisa de “vengan, pero el que decide soy yo”, es natural que el acercamiento se transforme en algo forzado, casi incómodo.
No se trata solo de formas. La política, especialmente en ciudades del interior como Chivilcoy, necesita de acuerdos que no sean meramente administrativos. Que tengan algo de empatía, de equilibrio, de reconocimiento mutuo.
El punto es simple: nadie se acerca a un armado nuevo para sentarse de convidado de piedra. Menos si tiene historia política, votos propios o capital territorial. Ariel Franetovich lo dejó claro hace poco con sus declaraciones, lo mismo que otros referentes locales.
Y acá es donde sorprende: Britos, a quien todos le reconocen esa capacidad de moverse con pragmatismo y flexibilidad, esta vez eligió pararse en un lugar mucho más duro. Como si el armado de Somos Buenos Aires se pudiera resolver solo con lapicera, dejando de lado la paciencia, el consenso, el juego de equilibrios.
Quizás el contexto lo haya empujado a eso. Quizás esté convencido de que es la única forma de sostener su espacio sin que lo diluyan otros. Pero políticamente, la pregunta que queda es si no se trató de un error de cálculo: para que haya perdón, reencuentro o incluso simple acercamiento, hace falta algo más que ofrecer lugares en una lista.
Hace falta saber ceder un poco. Porque si la consigna es “la lapicera la tengo yo”, lo más probable es que algunos opten por no sentarse a la mesa. Y eso, en tiempos de alianzas frágiles y acuerdos siempre parciales, puede ser una desventaja más que una fortaleza.
Todo esto sumado a la advertencia "si no cerramos un acuerdo me presento solo en el orden local con Primero Chivilcoy”. ¿Advertencia o amenaza?