Cualquier parecido es mera coincidencia
Nepotismo sin pudor: cuando la casta deja de disimular
Un intendente negoció su salto a un flamante sillón dentro del Banco Provincia y, como si se tratara de una empresa familiar y dejará la intendencia en manos de su hija.La política argentina ya perdió la capacidad de sorprender. Pero cada tanto ofrece escenas tan transparentas que, lejos de la complejidad de los grandes debates sobre modelos de país, se parecen más a un feudo medieval que a una república moderna. El caso de Tornquist es uno de esos momentos: Sergio Bordoni, intendente peronista del Frente Renovador, negoció su salto a un flamante sillón dentro del Banco Provincia y, como si se tratara de una empresa familiar, dejará la intendencia en manos de su hija, Estefanía Bordoni.
Así, sin eufemismos ni maquillajes.
Así, con total naturalidad.
El acuerdo que habilitó la ley de endeudamiento bonaerense abrió también la puerta a la creación de nuevos cargos dentro del Banco Provincia. Entre ellos, un puesto sin voto pero con sueldo, oficina y estructura. Uno de esos lugares hechos a medida para contener aliados, equilibrar internas y repartir poder. Y allí irá Bordoni. A su despacho, su sueldo y su rol simbólico en el directorio ampliado.
Mientras tanto, en Tornquist asumirá Estefanía, que había sido colocada como primera candidata a concejal en 2023: la línea de sucesión asegurada desde el inicio, por si acaso. Una estrategia conocida, pero pocas veces ejecutada con esta franqueza casi brutal.
El mensaje es claro: el municipio como herencia, el cargo como propiedad privada.
La política como empresa familiar.
La ampliación del directorio del Banco Provincia —repartido quirúrgicamente entre Kicillof, el massismo, La Cámpora, el PRO, el radicalismo y bloques aliados— completa el cuadro: en lugar de una institución orientada al desarrollo productivo, terminamos con un mapa de cuotas partidarias. Y, para coronar el modelo, síndicos sin capacidad de voto pero con presencia garantizada para completar la foto del reparto.
Todo esto sucede mientras la dirigencia repite discursos contra “la casta” o a favor de “la transparencia”. La distancia entre lo que se declama y lo que se hace se convierte, una vez más, en un abismo.
Lo preocupante no es solo el caso de Tornquist. Es el síntoma.
Es la naturalización del nepotismo.
Es la comodidad con la que los gobiernos convierten al Estado en un botín para administrar entre pocos.
Es la certeza de que no habrá sanciones, ni políticas ni sociales.
No se trata de ideologías. En este reparto participan todos: oficialismo, oposición, aliados y socios circunstanciales. La casta no es una identidad partidaria; es un modo de operar. Un sistema que se autoprotege, se reproduce y se hereda.
Quizás el mayor desafío no sea denunciarlo —está a la vista— sino romperlo. Y mientras ese debate siga pendiente, el poder seguirá comportándose como lo hizo aquí: sin pudor, sin autocrítica y sin miedo a dejar al descubierto lo que todos saben, pero nadie quiere admitir.
Porque, al final del día, lo que pasó en Tornquist no es una excepción.
Es la regla.