Opinión
La doble vara moral que nos seguirá hundiendo
La sociedad votó harta de los privilegios y la corrupción, pero seguimos justificando lo injustificable según el color político. No se puede ser más o menos honesto: se es o no se es.Seguimos naturalizando la corrupción. La vemos, la comentamos, la repudiamos en redes sociales… pero la terminamos tolerando. Y peor todavía: la justificamos si el corrupto “piensa como nosotros”.
Esa doble vara moral es el cáncer de nuestra vida pública, el síntoma de una sociedad que perdió la capacidad de indignarse sin calcular a quién le conviene.
No se puede ser “más o menos” corrupto, como no se puede ser “más o menos” honesto. Se es o no se es. Y cuando empezamos a decir “bueno, pero los otros robaron más”, estamos entrando en un terreno peligroso, donde la ética se vuelve un instrumento y no un principio.
Me llama poderosamente la atención la soberbia con que el presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara ratificó su candidatura a diputado por LLA, a pesar de los vuelos en aviones privados, videos, aportes económicos y hasta pagos de empresas que lo vinculan al empresario Fred Machado, detenido en Viedma con pedido de extradición de la justicia estadounidense por narcotráfico.
No podemos justificar a Espert -ni a nadie- solo porque Cristina, Jaime, Boudou, Báez, López, De Vido y tantos otros fueron peores o se llevaron más. Ese argumento del “mal menor” ya nos hizo demasiado daño. La corrupción no se combate comparando culpas, sino poniendo límites claros, sin importar quién esté del otro lado.
Milei no ganó por mérito propio: la sociedad lo eligió como un voto castigo a la política tradicional, al hartazgo de los privilegios y, en particular, a la corrupción kirchnerista que marcó una época. Fue un grito desesperado de una ciudadanía que, más allá de las ideologías, dijo ‘basta’ a los políticos que hicieron del Estado su caja personal.
Por eso, el caso de José Luis Espert decepciona. Porque de alguien que se presenta como símbolo de la honestidad y la transparencia, uno habría esperado otra cosa. Hubiésemos esperado que bajara su candidatura y se pusiera de inmediato a disposición de la Justicia para aclarar su situación, sin esconderse detrás de excusas nada creíbles.
La corrupción no se combate solo señalando a los demás. Se combate con coherencia, con gestos, y sobre todo con el ejemplo. Ser honesto no debería ser una rareza ni un lema de campaña: debería ser un mínimo indispensable.
Mientras sigamos relativizando lo que está mal y justificando al que nos conviene, la corrupción va a seguir ganando. No en los despachos, sino en nuestras conciencias. Porque la corrupción seguirá ganando mientras la honestidad siga dependiendo de la camiseta política.