Opinión

Que vuelva el cine

Por: Jimena Villar
domingo, 27 de agosto de 2023 · 08:07

El 22 de marzo de 1895, los hermanos Lumière proyectaron los 46 segundos más importantes de la historia del cine. La pantalla mostraba a obreros saliendo de una fábrica. Junto a su invención, “el cinematógrafo” la humanidad toda daba un nuevo paso hacia el futuro y junto con ella, la industria del entretenimiento. En enero de 1896 los hermanos presentaron un corto de 40 segundos que causó pánico en el público: una locomotora se acercaba a la cámara a toda velocidad y, cuenta la leyenda, que muchos espectadores huyeron despavoridos de miedo. Más allá de si esto último fue verdad o no, creo que refleja concretamente uno de los motivos por los cuales vamos al cine: emocionarnos.

No tengo ningún tipo de conocimiento técnico ni formal sobre el séptimo arte, sólo soy una espectadora que amaba ir al cine para adentrarse por al menos dos horas en la realidad que el director proponía. Sobre todo en la noche y sola. El sonido envolvente, el segundo en donde toda la sala queda en completa oscuridad antes de que empiece el film, el viaje 3D, e incluso al final, cuando se encienden las luces y los ojos tardan algunos momentos en acostumbrarse, me resultan un goce sin igual. Todo eso es absolutamente maravilloso. Era.

Desconozco y tampoco me importan los motivos, pero es una realidad que el público cambió. Se compone principalmente por gente cuya primera preocupación, luego de sacar la entrada, es engullir la mayor cantidad de snacks posibles que el cuerpo sea capaz de acopiar. Mientras más crujientes y ruidosos, mejor. Otra particularidad de este tipo de público reside en la necesidad de hablar y comentar con sus acompañantes durante toda la película. Como si estuviesen en el living de su casa. Solos. También manda el libre uso del celular.

Me resulta trágico asistir a tan tremenda traición del contrato social básico del entretenimiento compartido, ya que en el mismo, que perduró por muchos años, estaba implícita la norma de hacer silencio por dos horas y, si se requería consultar algo a quien acompaña, se lo hacía en voz baja para no molestar al resto. La última película que logré tolerar en un cine nuevo de nuestra ciudad me hizo acordar a la dinámica de un gallinero. La gente entraba y salía de la sala como si fuese un bar. El ruido de los nachos y los pochoclos siendo triturados para convertirse rápidamente en el bolo alimenticio de los espectadores -que lo último que hacían era “espectar”-, fue la atracción principal de la velada ¡y a mí me daba vergüenza hacer ruido con el papel celofán que envuelve las gomitas! 

Pero, para colmo de males, este no es el único flagelo que se ha enquistado en las butacas, sino que a ello se ha sumado la hegemonía lingüística del castellano variedad Palmera records, o similar. Aparentemente, la gente ha dejado de leer subtítulos. Habilidad que otrora era un baluarte de la sociedad. Hoy, todos los protagonistas varones tienen la voz de Gokú de Dragon Ball Z, amén de que la superposición de la traducción por sobre el original nunca queda natural. Es imposible el contrato ficcional para mí en esas condiciones. Estoy sentada en medio de un ecosistema del tipo avícola, bullicioso y bizarro tratando de sentir miedo por un supuesto demonio que tiene la voz de Homero Simpson. Imposible. Y no es que el doblaje sea el problema, porque en los dibujos animados siempre existió, incluso al punto de que suelen ser más graciosos en español latino que en inglés, como sucede con South Park, Padre de Familia, Los Simpsons y las animaciones para niños. Pasa que ahí sí funciona, a mi humilde entender, porque a las caricaturas siempre hay que darles voz. No obstante, es una situación completamente distinta ver, por ejemplo, la serie Surcoreana “El juego del calamar” en castellano, porque en la lengua no sólo están las palabras, sino la tonalidad, la emoción, los gestos y los sonidos que logra componer un actor o actriz que es imposible de reemplazar por quien hace el doblaje. Pero ésta es una cuestión de gustos debatible, y entiendo que los subtítulos pueden dejar afuera a personas con la visión disminuida o algún otro tipo de discapacidad,con lo cual está bien que la opción esté disponible. Pero me pregunto por qué al día de hoy encontrar una película subtitulada en Chivilcoy es más difícil que encontrar las siete esferas del Dragón.

Claramente hay más público y con ello más ganancias en todo lo que estoy criticando. Seguramente las salas silenciosas que proyectan una película de cualquier país en su idioma original no sean ocupadas más que por tres o cuatro personas que disfrutamos de la antigüedad del silencio y la originalidad. No llenamos los bolsillos de nadie y somos los parias y hasta desubicados por anhelar un tiempo que ya no existe: cuando se iba al cine a ver una película. Entiendo perfectamente y así funciona el mercado, pero ¡qué lástima!

Hace unos meses leí a un usuario de Twitter comentar que existe un oasis para nosotros -el viejo público- en los cines de la peatonal Lavalle, en CABA. Salas que -por suerte y gracias al universo- ya no pueden competir con los gigantes Village o Cinemark con lo cual son visitadas solamente por quienes aman lo simple, ir al cine. Será cuestión de esperar que un espacio así pudiera aparecer en nuestra ciudad. Aunque sea con un cinematógrafo en un museo como hacían al principio los Lumiére. Ojalá. Ojalá que vuelva el cine.   

Comentarios

29/8/2023 | 10:23
#164795
Jimena,no se le puede pedir peras al olmo.Lamentable creer que el cine es para viejos.Que poca cultura hay.!!
28/8/2023 | 11:30
#164794
Que viejos que están los dinosaurios che
28/8/2023 | 11:25
#164793
Cultura, educación,respeto,normas de convivencia.Cualquier persona que pudiera pagar su entrada cumplía el ritual de ir al cine.Se podrá decir que no había otras alternativas como ahora.Para mí es el reflejo del entramado social y cultural devastado.
27/8/2023 | 13:54
#164792
No sólo comparto todas tus palabras; me emocionaste hasta lagrimear. Sí, ojalá que vuelva el cine...
27/8/2023 | 12:45
#164791
Coincido con vos, Jimena !
27/8/2023 | 12:20
#164790
Lamentablemente estamos inmersos en el goce de la cultura de la inmediatez, lo fácil y rápido casi sin meditación. El cine como tal ha muerto con las tecnologías de la inmediatez, como sentido del uso del espacio, salvo como bien dice usted, señorita, por las prácticas del mercado donde el cine pasa a ser un lugar que se abre un rato para que la gente vaya a gastar sus chirolas en sentar la osamenta en una butaca, mayormente acompañado, y hacer lo que se le plazca. Lo que hay en la pantalla pasa de largo como si fuera una publicidad televisiva. Ahora bien, cultura de la inmediatez pero extremadamente vacía humanamente, y por lo tanto sentimentalmente peligrosa.
27/8/2023 | 11:12
#164789
Excelente análisis de nuestra decadente conducta social ! Este es un exacto reflejo del deterioro que sufrimos en todos los aspectos!!!!