Reclamo justo, modos inaceptables
La educación no puede ni debe ser rehén de la protesta
El gremio de los trabajadores lecheros interrumpieron durante varios minutos las clases de la Escuela Normal en el marco del reclamo de ATILRA por la situación de La Suipachense.En la jornada de ayer, representantes del gremio de los trabajadores lecheros (ATILRA) se movilizaron en Chivilcoy para reclamar por la delicada situación de la empresa La Suipachense, que arrastra conflictos y despidos de trabajadores. Nadie podría cuestionar la legitimidad de un reclamo cuando lo que está en juego son puestos de trabajo y familias enteras que dependen de ellos. Hasta allí, todo bien.
Lo que resulta, al menos, difícil de digerir son las formas. La protesta tuvo como epicentro la sede de ATILRA, en avenida Soárez, a media cuadra de la Plaza España y desde allí se dirigieron al centro de la ciudad. En ese lugar se desplegó un verdadero batallón de tambores, redoblantes y trompetas que retumbaron durante varios minutos frente a la Escuela Normal, alterando de manera innecesaria la jornada de los alumnos.
La vieja frase “mis derechos terminan donde comienzan los de los demás” cobra plena vigencia en esta circunstancia. ¿Cuál era la necesidad de interrumpir el normal desarrollo de clases de cientos de chicos que nada tienen que ver con el conflicto? ¿Qué mensaje se les transmite a los estudiantes, que ven interrumpida su educación por un reclamo ajeno?
Incluso, cabe preguntarse si alguno de los manifestantes tiene hijos en esa escuela. Y si así fuera, ¿no reparó en que estaba perjudicando a su propio hijo? Y si no fuera el caso —como parecía, ya que muchos no eran de la ciudad—, ¿qué derecho tienen a molestar a quienes sólo buscan educarse?.
Otro detalle que observamos ayer frente a la Escuela Normal, es que no había un solo policía, ni Guardia Urbana, observando lo que estaba pasando -recién llegaron luego de que Radio Chivilcoy informara lo que estaba sucediendo- y mucho menos impidiendo esa presencia en la vereda de un establecimiento educativo.
El reclamo gremial puede ser justo, pero no todo vale. Porque cuando un sindicato decide ensordecer a una escuela con bombos y trompetas, deja de ser la voz de los trabajadores y pasa a ser la caricatura de un poder que confunde fuerza con prepotencia. La educación no puede ni debe ser rehén de la protesta. Si lo que se busca es respeto, sería bueno empezar por respetar a los demás.