Reflexiones / Por Lucas Cortiana
Mesianismo en Silicon Valley
Fuimos ingenuos. Ingenuos y acotados en nuestro pesimismo.La generación que hoy cuenta entre sesenta y cuarenta años y se paraliza bajo la sombra de las nuevas tecnologías, antes cantaba eso de que “el futuro llegó hace rato”, creyendo estoicamente que el delirio profetizado por el cyberpunk de un porvenir sin esperanza se había hecho presente. Pero, como dice Ursula K. Le Guin si “en el corazón de toda distopía late una utopía”, aún prevalecía la fe de un amanecer brillante, buscado, perseguido y a la vez peligroso por su temeridad. Parafraseando a García Lorca, querer arañar la luna, implica arañarse el corazón.
El futuro no es una promesa pero tampoco una amenaza, y tampoco es futuro. Es un presente colonizado por la imaginación de otros. Lo que durante décadas llamamos ciencia ficción hoy se ha vuelto costumbre doméstica, incrustado en nuestras rutinas como si se tratara de un electrodoméstico más. O peor, el advenimiento físico de la definición abstracta de cyberpunk como la combinación de la alta tecnología con una baja calidad de vida. Para Michel Nieva en los ensayos de Ciencia ficción capitalista, Silicon Valley, con su fe mesiánica en el algoritmo y en la ingeniería social, ha hecho realidad no los sueños luminosos de la modernidad, sino sus pesadillas más eficaces: “Un relato que establece al hombre, magnate empresario, como el único con poder de socorrer al mundo, ya que fue el único con el poder de destruirlo”, escribe (apoyándose en la pensadora Joanna Zylinska) desde el presente, pero a su vez como si fuera un sobreviviente de un apocalipsis perpetrado por las tecnocracias o por un tecnofascismo, de acuerdo al término utilizado por André Gorz para referirse al crecimiento ilimitado de la tecnología capitalista y hoy día redirigido hacia el uso malicioso de la tecnología por ciertos poderes.
Por eso, afirma Nieva, no es extraño que los únicos “héroes” que viajan en naves plateadas y pretenden establecer colonias humanas en Marte sean los multimillonarios: Bezos en su New Shepard y Musk en su Starship. Pero, como parte del plan capitalista de imaginar cómo será el mundo cuando ya no exista, lo que tenemos es más inquietante: celulares que nos vigilan, plataformas que dictan nuestras emociones, aplicaciones que moldean la forma en que nos relacionamos con el amor, el trabajo, la política. Nieva dice que un puñado de millonarios leyó a Kim Stanley Robinson y William Gibson como si fueran manuales de uso, no advertencias, y diseñó un mundo en el que las distopías dejaron de ser literatura para convertirse en una guía de urbanidad digital.
Pero estas tecnologías no inventan un nuevo orden sino que prolongan y sofistican una lógica que ya había inaugurado Henry Ford con la producción en serie del modelo T. La industrialización que propició Ford, no sólo acercó tecnologías accesibles a las masas sino que instaló una forma de vida organizada en torno a lo que se considera eficiente, de la mano de la repetición y el control del tiempo. Finalmente, lo que vendía era una forma de organización social, pensando el progreso como algo uniforme e instalando una obediencia maquinal y al mismo tiempo escribiendo en piedra el mito del millonario-salvador industrial que pone el mundo sobre ruedas y da inicio a un nuevo paradigma. Así, los magnates actuales hablan de conectarnos a todos, de vencer a la muerte, de llevar nuestra civilización a otro planeta. En apariencia, sus inventos son gestos altruistas pero en realidad representan la consolidación de un poder sin contrapesos.
En 2008, cuando todavía éramos ingenuos y disfrutábamos de esa mezcla saludable entre lo virtual y lo analógico, Jeff Goodell entrevistó a Larry Brilliant “el hombre designado por Google para gastar cientos de millones de dólares de los fondos de la empresa en los próximos años”. Tras presentar al protagonista como un filántropo, un médico que ayudó a niños con viruela en India y devenido en empresario que desafía a los CEO de las corporaciones más influyentes a dejar de lado su estrechez de mente y egoísmo, el artículo decía: “Cambiar el mundo, parece, no es suficiente. La cuestión real es: ¿puede el capitalismo estilo Silicon Valley salvar al mundo?”. La respuesta no se tarda en aparecer. Inmediatamente Goodell explica que “Google fue fundado con la creencia de que sí”. Pero, por si quedaba alguna duda acerca de qué tipo de salvación se habla –si sólo podía tratarse de una salvación metafórica, que no fuera más allá de un rescate a nuestra desconexión propiciando nuevas comunidades virtuales, por ejemplo-, Goodell elucida el pensamiento de Brilliant: “¿Calentamiento global? No hay problema. ¿Hambre masivo? Pensemos cómo alimentar al mundo”.
El politólogo Alejandro Razé se sumó al debate filosófico de las utopías y los cataclismos factibles. En su artículo “Ilusiones y decepciones catastróficas” repiensa el concepto de Fredric Jameson y de Slavoj Žižek y popularizado por Mark Fisher ("Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo"), advirtiendo que es “más sencillo vislumbrar el fin del mundo que concebir un futuro menos destructivo por el narcicismo humano”. Y cita la idea de Günther Anders de los “utopistas invertidos”, aquellas personas (debería decir multimillonarios) que poseen la capacidad de generar innovaciones sin preguntarse a qué mundo nos condenan.
La supremacía de Silicon Valley no es sólo económica, sino también imaginaria en tanto se apropió de nuestro horizonte de futuro. Todo lo que pensamos, lo pensamos dentro de sus límites. Para ellos, no tenemos otro “mañana” que el que sus servidores y nubes decidan mostrarnos.