Opinión

De la basura a la inclusión: un puente que falta

Por: Diego Manusovich
17/8/2025 · 08:03

El gobierno de la ciudad de Buenos Aires decretó la semana pasada una nueva penalidad a todo aquel que revuelva la basura de los contenedores públicos.

Al instante, voces de todo pelaje salieron al cruce con reflexiones encontradas. Como siempre (o casi) la “reunión” de las partes extremas tal vez sintetice una respuesta razonable.

Revolver la basura no puede ser bajo ningún aspecto una actividad decente. En la basura orgánica se encuentra el caldo de cultivo de bacterias nocivas. Más allá del indigno acto de bucear entre los desechos de los más aventajados, estar en contacto con desperdicios implica una exposición insalubre para cualquier humano.

Entonces, desde este punto de vista, hurgar en la basura debería estar prohibido por la salubridad pública. El tema es qué hace nuestro Estado para ir al encuentro de esas personas indefensas que salen a “basurear” porque no encuentran otro modo de subsistencia.

Los argentinos con menos destrezas laborales, familias rotas y personalidades marchitas no pueden mejorar y ponerse de pie por sí solos. Los países con gobiernos maduros y desarrollados, no sólo le dan a la gente desbarrancada un “plan” a través de una tarjeta recargable, lo que hacen es crearles un “entorno potente de salvataje amoroso” para que en no más de tres meses puedan encontrarse una ocupación productiva. Lo acompañan diariamente a hacer un curso o taller, luego a entregar currículums todas las semanas y a fortalecer su autoestima, su aseo y su vestimenta hasta que puedan (monitoreadamente) volver a valerse por sí mismos.

El acompañamiento es profundo, envolvente y comprometido y dura muy poco (salvo en casos muy graves de deterioro cognitivo o emocional) y la persona puede volver a integrarse en el sistema.

El Estado, no puede permitir bajo ningún concepto que un ser humano revuelva el desperdicio de otro, pero asume su responsabilidad de acomodar un mercado que no reparte dones de manera equitativa.

La contención social debe ser un aparato de relojería preciso, aceitado y personalizadísimo, de modo que cada ciudadano vuelva a valerse por sí mismo en el menor tiempo posible. Nuestro servicio público no puede reemplazar (salvo casos extremos, por supuesto) la impronta personal que se conjuga con otros en la red que implica vivir en sociedad. Si sólo damos una tarjeta recargable con dinero en forma desarticulada perpetuamos la pobreza y la dependencia in eternum.

Entonces: ni revolver la basura ni fingir atender las desigualdades devastadoras de este sistema.

Nuevamente, las respuestas hacia el desarrollo humano están a la vista.

Seguimos pensando.-

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