Opinión / Por Diego Magrini
Sanando las raíces
La creciente prevalencia de enfermedades mentales en nuestra sociedad exige una revisión crítica del enfoque terapéutico.Si bien, la intervención farmacológica, a través de antidepresivos u otros medicamentos, puede ofrecer un alivio sintomático, es importante reconocer sus limitaciones. Recetar un antidepresivo en una consulta de 5 o 10 minutos, aunque pueda brindar un alivio inmediato, no aborda la raíz del problema. La depresión, etimológicamente "ir hacia abajo", representa la represión de emociones, un silenciamiento de sentimientos que necesitan ser explorados. Un tratamiento efectivo debe ir más allá de la simple anestesia emocional; debe buscar la causa subyacente del malestar.
Las comunidades tradicionales, como la tribu Locota, ofrecen un modelo alternativo. Ellos veían el sufrimiento individual como un reflejo de un desequilibrio comunitario, una señal de que el sistema social necesitaba ajustes. En lugar de aislar al individuo, lo integraban, compartiendo la responsabilidad por su bienestar. Este enfoque sistémico reconoce que las dinámicas familiares y sociales influyen profundamente en la salud mental. La anorexia, la bulimia, las adicciones, no son problemas individuales, sino manifestaciones de disfunciones sistémicas. Atribuir la culpa a un solo miembro familiar ignora la complejidad de las interacciones y la información compartida entre sus miembros. Las mentes, en este sentido, son campos de información compartidos, no entidades aisladas.
La solución, por lo tanto, no reside en etiquetar a alguien como "sano" o "enfermo", sino en comprender la dinámica familiar. La recuperación requiere el compromiso de todos los miembros para identificar y abordar los problemas subyacentes. La ceguera ante estas dinámicas tiene un costo, a menudo llevando a una intervención tardía y a consecuencias graves, como un "gol en contra" en un partido de fútbol, donde todos pagan el precio.
Aunque la medicación puede ser un apoyo temporal, no debe reemplazar la terapia. Es un "bastón" a corto plazo, que ayuda a sobrellevar los síntomas mientras se trabaja en la raíz del problema. De lo contrario, el problema se agrava con el tiempo, cristalizándose en patrones rígidos. La medicación puede anestesiar el dolor, pero no lo resuelve.
La clave está en explorar el origen del malestar, en ayudar a la persona a resignificar sus experiencias y a desarrollar fortaleza emocional. Esto implica examinar las dinámicas familiares, reconociendo que el individuo que manifiesta los síntomas no es el único problema.
La falta de duelo, los cambios de roles, la ausencia de un padre, todo contribuye a un sistema disfuncional.
Finalmente, la figura de los "cuidadores compulsivos" merece atención. A menudo, estos individuos utilizan el cuidado de otros como una forma de evitar confrontar sus propios problemas. Desarrollar una vida propia, con pareja, trabajo y propósito, es fundamental para evitar convertirse en un peligro para sí mismos y para los demás. La ayuda debe surgir desde un lugar de fortaleza personal, no desde una necesidad de compensación.