Reflexiones / Por Lucas Cortiana

Fantasmas nucleares y gramáticas del miedo

Fantasmas nucleares y gramáticas del miedo
domingo, 22 de junio de 2025 · 07:42

I

El nombre "megadeath" significa un millón de muertes, generalmente en el contexto de una guerra nuclear. En 1960 el estratega militar Herman Kahn incluyó el término en su libro Acerca de la guerra termonuclear y dio origen a nuevas formas de pensar y expresar las muertes asociadas con armas de destrucción masiva. Así, el investigador Rudy Rummel creó el término “democidio” que incluía el asesinato masivo por parte de un gobierno. Aquella palabra prevaleció en el imaginario colectivo, en especial en la sociedad norteamericana: en su película Dr. Strangelove, Stanley Kubrick ponía en manos de un general una carpeta con el rótulo “World Targets in Megadeaths” (“Objetivos mundiales en megamuertes”) al tiempo que el actor Peter Sellers decía una de las frases más terroríficas de la historia: "¿Envidiarán los supervivientes a los muertos?".

II

Hay palabras que no deberían pronunciarse. Palabras que deberían quedarse afuera de cualquier narrativa, de cualquier relato. No porque estén prohibidas, sino porque su sola mención las convierte en detonadores. Construyen un poder siniestro que estalla primero en la mesa chica de los líderes del mundo hasta que su onda expansiva cubre el globo. DEFCON 1 es una de ellas. Una sigla que no es una sigla sino un conjuro. Una advertencia que no se grita, porque el grito ya forma parte de la explosión. El viernes, en algún rincón del lenguaje, esa palabra fue resucitada —por imprudencia, por delirio, por cálculo político— como si el mundo pudiera jugar impunemente con el abismo.

DEFCON 1 nunca ha sido utilizada. Es el nivel de alerta máxima y se activa ante un inminente ataque contra las fuerzas armadas estadounidenses o contra su territorio y autoriza el uso de armas de destrucción masiva. No se activó durante la Crisis de los misiles en Cuba ni durante la Guerra del Golfo, ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los estados DEFCON, que van del 5 al 1, se han ejecutado con el tono medido y la respiración pausada.

En el artículo que Clarín tituló “Alerta nuclear”, latía la frase “Trump ha puesto en DEFCON 1 a su estructura militar desplegada”, y se leía como en las películas de Misión: imposible con la cuenta regresiva antes de la detonación de una bomba. No importaba si aquello era cierto, o si la orden existía más allá de una metáfora, o de una filtración retorcida por la prensa. Alguien había decidido instalar de nuevo esa amenaza en el centro del escenario. Como si no bastaran los fuegos menores, las guerras empantanadas, las democracias heridas. Como si no bastara con morir por causas humanas. Despertar una palabra dormida desde siempre como anticipando un cataclismo, la sombra de una “mega muerte”, una muerte total, anónima, sin rostro.

Rusia, China, Israel, Irán, Corea del Norte, la OTAN, todos aparecen —nombrados o sugeridos— en esa danza de tensiones, como piezas de una orquesta que afina su última sinfonía. Pero no hay música en una guerra nuclear, ni himno que sobreviva a la onda expansiva. Sólo quedaría el silencio. Y ese silencio ya ha comenzado a hablar.

III

Más de veinte años después de la aparición de la palabra de Herman Kahn que le daba nomenclatura a un horror apocalíptico, un joven músico encontró el término en un panfleto político y lo adoptó como nombre para su banda de heavy metal: Megadeth. En 1991 publicaron un disco con la música del fin del mundo que contenía una “sinfonía de destrucción” y las estrofas tomadas del biólogo Jean Rostand que sugiere la glorificación de los líderes militares como héroes y la divinidad asociada a la omnipotencia : “Mata a un hombre, y serás un asesino. Mata a muchos, y serás un conquistador. Mátalos a todos, y serás un dios”.

IV

Hay un peligro en la bomba así como en el adjetivo. Decir “nuclear” es invocar a un dios dormido capaz de “matar a todos”. Jugar con su nombre es tentar a la física con metáforas. Pero Hiroshima y Nagasaki nos han enseñado que no hay metáfora que resista el hongo blanco. Si, como dijo Adorno, “no se puede escribir poesía después de Auschwitz”, tampoco hay ensayo que se escriba después del estallido. Sólo queda el gesto inútil de quienes, en medio del ruido, todavía revolvemos las palabras entre la gramática del miedo y de la paz.

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