Tierra fértil para los que dividen
En Chivilcoy para ganar hay que dejar de multiplicarse por cero.
Mientras el doctor Guillermo Britos reduce su cantidad de votos desde el 2015 a la fecha, la eterna fragmentación del justicialismo local le permite seguir ganando.Si hay algo que define la política chivilcoyana desde hace una década es la constancia de un fenómeno curioso y revelador: el intendente Guillermo Britos sigue ganando elecciones sin necesidad de obtener mayorías aplastantes, ni mucho menos. Le basta con que el justicialismo compita cada vez más dividido.
Desde su primera victoria en 2015 hasta su reelección en 2023, Britos se convirtió en el emblema de un modelo electoral basado más en la astucia para leer el tablero político local que en la construcción de una mayoría ideológica. Y eso, en buena parte, gracias al caos permanente del peronismo chivilcoyano.
Veamos los números.
En 2015, recién incorporado al massismo, Britos ganó la intendencia con 21.322 votos, apenas 166 más que Darío Speranza (21.156), candidato del Frente para la Victoria. Tercera, muy lejos, quedó la radical Lourdes Zaccardi, con 3.037. Una elección que pudo ser otra si el PJ no hubiera llegado dividido, o con mayor cohesión interna.
En 2019, ya con un aparato municipal a su favor, Britos amplió un poco la ventaja: 22.796 votos, frente a 19.318 de Constanza Alonso (Frente de Todos), mientras Zaccardi (Juntos por el Cambio) obtuvo 4.516. Una elección donde se consolidó como fuerza local, aunque aún lejos de un dominio absoluto.
Pero el caso más paradigmático es el de 2023: Britos volvió a ganar, pero con su piso más bajo desde que es intendente: 17.043 votos. La clave, otra vez, no estuvo en su fortaleza, sino en la fragmentación de los demás. Constanza Alonso, dentro del peronismo, sacó 14.264, pero el ex intendente Ariel Franetovich, también justicialista aunque por el espacio randazzista, sumó 7.182 votos. Juntos, habrían alcanzado 21.446 votos, una cifra suficiente para derrotar a Britos incluso en su mejor elección. Pero, claro, eso no pasó.
A eso se suman los votos dispersos de Carlos Perillo (Juntos, 3.590) y García (La Libertad Avanza, 3.950), que completaron un escenario de cinco candidatos competitivos y ningún acuerdo estructural.
Elecciones legislativas
Las elecciones legislativas también reflejan el péndulo inestable del voto peronista. En 2017, cuando el Frente Justicialista se presentó con Patricia Mangino como primera candidata, logró 13.030 votos, superando al oficialismo local (11.850) y a José Ferro (10.815). Pero en 2021, Mangino pasó a formar parte del espacio de Britos. Con su nombre en la boleta, el oficialismo subió a 13.545 votos, mientras el peronismo -ahora dividido entre Bruno (9.153) y Martín Giannini (7.686)- quedó relegado. El radicalismo (Ferro) se mantuvo tercero, con 8.753, y aparecieron los libertarios con 2.051 votos.
¿Qué demuestran estos números?
Que la historia reciente de Chivilcoy no es tanto la de un liderazgo arrasador, sino la de una oposición que se niega a aprender. El justicialismo local, incapaz de ordenar internas, de unificar discursos o de construir una conducción colectiva, regaló una y otra vez la elección al actual intendente. Y Britos, que no tiene un partido nacional que lo respalde ni una corriente doctrinaria de peso, lo supo aprovechar con precisión quirúrgica. No necesitó más que estar en el momento justo, con la lista adecuada. En otras palabras: ganó siempre porque enfrente todos perdieron juntos.
Para estas legislativas, el panorama peronista empeora, porque además del Alonsismo, el randazzismo, se suma la Mesa Chivilcoy por Axel, que seguramente quitará más votos a los mencionados, que al partido del intendente, que los espera con cuchillo y tenedor.
Hoy, el escenario nacional y provincial cambió, pero en Chivilcoy, las lógicas siguen repitiéndose. Britos, con menos votos que nunca, lleva tres mandatos. El peronismo, con más votos que nunca (pero desparramados), sigue buscando culpables.
Quizás algún día comprendan que para ganar hay que dejar de multiplicarse por cero.