Opinión
El poder real no perdona a las que incomodan
Por Claudia MarengoDespués de años de hostigamiento mediático, operaciones judiciales y persecución sistemática, lograron lo que buscaban: una condena política contra Cristina Fernández de Kirchner. Este fallo no es un veredicto judicial justo, sino un castigo escrito por una justicia sometida a los grandes grupos económicos, mediáticos y financieros.
No se trata solo de un ataque al peronismo o al proyecto nacional y popular que ella representa, sino de una advertencia dirigida a una mujer que gobernó con autonomía y firmeza, sin pedir permiso ni aceptar los roles decorativos que el patriarcado impone. Cristina fue la única presidenta mujer elegida dos veces consecutivas en la historia argentina, y su conducción afectó intereses muy poderosos.
La persecución —el lawfare— que combina jueces, medios y servicios de inteligencia, busca disciplinar no sólo políticamente sino también en términos de clase y género. No la condenan sólo por tocar intereses intocables, sino por hacerlo siendo mujer, por no ser sumisa ni neutral, y por representar una amenaza al orden patriarcal y autoritario que intenta imponerse.
Esta condena es un mensaje para todas las que se animen a disputar el poder real, a alzar la voz y a transformar. La demonización, el hostigamiento y hasta el intento de magnicidio forman parte de una misma estrategia para disciplinar a una mujer que nunca se arrodilló.
No la condenan por lo que hizo, sino por lo que simboliza: un liderazgo popular que amplió derechos, redistribuyó poder y avanzó en conquistas feministas históricas. Durante sus gobiernos se abrieron caminos y se garantizó el reconocimiento de derechos largamente postergados.
Cristina no está ni estará sola. Su liderazgo popular sigue vigente, igualando desde abajo y convocando a transformar para vivir mejor.