Para el funcionario Spagnuolo
El problema sos vos, no las familias ni las personas con discapacidad
Por Marcelo LopardoJamás creí que un gobierno nacional me iba a molestar tanto. Y sin embargo, cada semana parece superarse a sí mismo. Esta vez fue Diego Spagnuolo, el director de la Agencia Nacional de Discapacidad, quien eligió ofender, degradar y retroceder décadas en materia de derechos humanos con una sola frase: “Si vos tuviste un hijo con discapacidad, ese es problema de la familia, no del Estado”.
La destinataria de semejante brutalidad fue Marlene, madre de Ian Moche, un chico de apenas 12 años que se ha ganado el respeto de miles por su incansable tarea de concientización sobre el autismo. Ian y su madre buscaban respuestas ante el desfinanciamiento, los retrasos, los certificados que no llegan y las terapias que no se pagan. Pero lo único que recibieron fue desprecio.
Las palabras de Spagnuolo no son un exabrupto suelto. Son coherentes con una línea de pensamiento que este gobierno no disimula: el Estado debe retirarse, incluso cuando su ausencia deja en el abandono a los más vulnerables. Y si alguien sufre, que se las arregle como pueda. O peor: que no moleste.
¿Qué implica decir que una persona con discapacidad es “problema de su familia”? Implica desconocer la historia de luchas que permitió conquistar derechos básicos. Implica ignorar la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que nuestro país ratificó hace ya más de quince años. Implica naturalizar la exclusión, como si no fuera un asunto público, como si la dignidad de una persona dependiera del esfuerzo individual de su entorno.
Y como si eso fuera poco, Spagnuolo también preguntó, con tono de queja: “¿Por qué yo tengo que pagar peaje y ustedes no?”. Se refería al beneficio de transporte gratuito que permite que muchas personas puedan acceder a tratamientos, escuelas o actividades cotidianas. No sólo desconoce el sentido de las políticas públicas: pareciera no tener la más mínima idea de lo que es la empatía.
Ian, con una madurez admirable, le respondió lo que muchos pensamos: “Nos costó mucho lograr esos derechos. Que diga que no son adquiridos es faltarle el respeto a toda la lucha”. Un chico de 12 años tuvo que explicarle al funcionario por qué existe el cargo que él ocupa. Eso, por sí solo, ya debería alcanzar para que renuncie.
Pero este no es el primer atropello de Spagnuolo. Hace unos meses, firmó un documento oficial donde se usaban términos como “idiotas”, “imbéciles” y “débiles mentales”. Lenguaje que creíamos sepultado, propio de épocas en las que las personas con discapacidad eran segregadas como si fueran una amenaza o una carga. Cuando estalló la polémica, no pidió disculpas. Se excusó diciendo que “otro funcionario redactó el texto”. Como si la responsabilidad se pudiera tercerizar. Como si la crueldad se delegara.
Entonces como padre de una hija con Síndrome de Down de 22 años me pregunto, y lo pregunto con dolor: ¿cómo puede ser que alguien sin formación, sin compromiso y sin sensibilidad esté al frente de una agencia que debe garantizar derechos esenciales? ¿Qué mensaje nos da un gobierno que pone allí a quien fue simplemente el abogado del Presidente? ¿Qué podemos esperar si el ejemplo viene desde arriba, y lo único que baja es odio, desprecio y una concepción violenta de la libertad?
Javier Milei cree que el Estado es el enemigo. Y por eso lo vacía, lo insulta y lo sabotea desde adentro. Pero el Estado no es una entelequia abstracta: es lo que garantiza que un chico como Ian tenga una silla en la escuela, un transporte que lo lleve, un médico que lo atienda, una obra social que lo respalde. Cuando el Estado se borra, los derechos se esfuman.
Por eso, señor Spagnuolo, el problema no es que haya familias con hijos con discapacidad. El problema es que usted esté en el lugar que está. No solo porque no lo merece, sino porque no lo honra. Porque en vez de construir una sociedad más justa, elige ofender, herir y desproteger. El problema, ministro, es usted.