La otra cara del sistema
El testimonio de una hija frente al abandono de los adultos mayores
Desde octubre espera un medicamento vital que PAMI Chivilcoy aún no autoriza. Su testimonio, cargado de impotencia y bronca, pone en evidencia una realidad que viven miles de adultos mayores: sobrevivir, no a la enfermedad, sino a la indiferencia.En Argentina, miles de jubilados enfrentan cada día una dura realidad: la espera interminable por atención médica, medicamentos o intervenciones vitales. En este contexto, una lectora de nuestro portal nos hizo llegar una carta con un fuerte tono emocional, que refleja con crudeza y dolor el drama que viven muchas familias. Bajo el título "El juego del miedo", Noelia Morales relata la lucha diaria de su padre, un hombre de 80 años que sobrevive gracias a su fortaleza y fe, pero que desde octubre espera, sin éxito, la autorización de un medicamento vital por parte de PAMI Chivilcoy.
Este testimonio no solo expone una situación personal, sino que visibiliza un problema estructural que afecta a miles de adultos mayores en el país en general y en nuestra ciudad en particular: morir no por la vejez o la enfermedad, sino por la indiferencia burocrática.
Compartimos su historia con la convicción de que escuchar estas voces es el camino para generar conciencia y exigir respuestas.
El juego del miedo: el drama de esperar en vano
Mi papá tiene 80 años. Es jubilado, abuelo, y vive colgado de la mano de Dios. A lo largo de su vida ha demostrado una fuerza admirable, la misma que yo veía de niña en sus manos trabajadoras. En octubre del año pasado, volvió a enfrentar un grave problema de salud. Salió adelante, como tantas veces, aferrado a sus ganas de vivir, que parecen ser más fuertes que cualquier diagnóstico.
Desde entonces, vivo una realidad que antes solo escuchaba en boca de otros: “Pobre don José, se murió y la prótesis de PAMI nunca llegó”, “pobre doña Marta, le dieron turno para dentro de tres meses”. Son frases que se repiten, una y otra vez, como una sentencia. Frases que hoy me atraviesan.
No puedo aceptar que nuestros abuelos mueran no por enfermedad o edad, sino por estar atrapados en una red de espera sin fin. “Y bueno, era grande”, decimos, como si eso justificara el abandono.
Desde octubre, PAMI Chivilcoy no autoriza un medicamento vital que mi papá necesita tomar cada día. Un remedio que le da calidad de vida, que literalmente le permite seguir de pie. Y mientras tanto, vivimos un recorrido absurdo: ir, volver, reclamar, explicar, escuchar excusas. Siempre hay una oficina nueva, una derivación más, un “está en casa central”. Pero las respuestas no llegan.
Da bronca. Bronca de ver cómo alguien que trabajó toda su vida ni siquiera puede aspirar a morir con dignidad. Bronca de ver cómo, en un pueblo chico, a nadie parece importarle. Y miedo. Miedo real, concreto, de que un día mi papá no tenga ese remedio. Miedo de que su vida dependa de empleados que no saben —o no quieren saber— lo que está en juego.
Porque los trabajadores del sistema de salud, muchos de ellos, parecen haber olvidado que están ahí para cuidar. Que son los intermediarios entre los abuelos y una muerte digna. Pero para muchos, esto se ha vuelto un trámite más. Como si en vez de salud, vendieran sombreros.
Ojalá algún día los jefes y encargados que se esconden detrás de los mostradores sientan en su conciencia el peso de cada abuelo que murió esperando una prótesis, una cirugía, un turno o un medicamento. Quizás solo así empiecen a hacer bien su trabajo.