Opinión
El umbral
El año que se va no es más que un libro cerrado —pero su papel aún huele a tinta fresca, a lágrimas secas, a risas que se quedaron en el aire… y a la polvareda de las vicisitudes que acompañaron cada día.No es un olvido a fuerza, sino un paisaje que se aleja en el horizonte, pero que sigue dibujando las curvas del camino con las líneas de lo que atravesamos: crisis económicas que sacudieron hogares, tensiones políticas que dividieron voces, desigualdades sociales que pusieron a prueba nuestra solidaridad. Cuanto más lo miramos marchar, más nos damos cuenta de que no se va de nosotros: se convierte en la fibra de lo que somos hoy, en el eco que resuena cuando abrimos la puerta a lo nuevo.
Este año que termina llegó con sus propios sueños envueltos en papel de regalo —algunos se rompieron al tocar el suelo, otros se hicieron realidad con una delicadeza que no esperábamos—, pero también con el peso de decisiones políticas audaces y controvertidas. En Argentina, se vivió con protestas en las calles de Buenos Aires, con grito de quienes sentían que las reformas económicas —ajustes fiscales, desregulaciones, intentos de privatización— les quitaban el techo que les quedaba. Se habló de "frenesí" y de "experimento sin precedentes", mientras la inflación alcanzaba cifras récord y la pobreza tocaba cotas de casi el 60%. Pero también hubo indicios de cambio: hacia finales del año, las proyecciones mostraban una baja sostenida de la pobreza e indigencia, gracias a políticas de desintermediación y estabilidad macroeconómica que empezaban a dar frutos. Fuera de nuestras fronteras, el mundo enfrentaba sus propios desafíos: conflictos armados, desastres climáticos que destruían comunidades, una recuperación económica desigual que dejaba a países pobres aún más atrás. El Informe Social Mundial de la ONU calculó que las crisis de los últimos años dejarán una pérdida acumulada de más de 50 billones de dólares para 2030 —un abismo de oportunidades perdidas para el desarrollo social.
Hubo días de niebla, en los que no veíamos más allá de nuestros propios pies: cuando el precio de la comida subía cada semana, cuando las conversaciones se centraban en deudas y dificultades, cuando las divisiones políticas hacían difícil encontrar un terreno común. Y días de sol tan intenso que iluminaron rincones oscuros que creíamos permanecerían así para siempre: cuando vecinos se unieron para ayudar a quienes no tenían nada, cuando las reformas empezaron a mostrar signos de estabilidad, cuando el mundo se reunió para hablar de protección social universal y resiliencia climática. Despedidas que se sintieron como un corte en el corazón —amigos que se fueron por la crisis, instituciones que cambiaron de rostro— y encuentros que llenaron los vacíos con luz: la alegría de un trabajo recuperado, la esperanza de un futuro más claro, la fuerza de la comunidad cuando se une. Cada momento, incluso el más pequeño, fue una pieza del rompecabezas que ahora armamos para mirar hacia atrás y entender: esto fue nuestro año, con sus luchas y sus triunfos.
Y entonces está el nuevo año —un lienzo blanco que tiembla entre nuestras manos, lleno de posibilidades que no tienen nombre aún. No es una hoja limpia en el sentido de olvidar, sino una hoja nueva en el sentido de seguir escribiendo, con la experiencia de los desafíos que nos fortalecieron. Su aliento es fresco, como el aire de primavera que nos despierta de la torpor del invierno. Nos invita a dar un paso hacia adelante, a cruzar el umbral sin miedo, aunque no sepamos qué hay al otro lado. Porque el valor no está en conocer el camino, sino en tener coraje de caminarlo —especialmente después de haber atravesado el desierto del año que se va.
El umbral entre los dos años es un espacio mágico: no es ayer ni mañana, es el ahora en su máxima expresión. Allí, podemos lleva con nosotros lo mejor del pasado —las lecciones aprendidas en las calles, los amores guardados a pesar de la crisis, la fuerza ganada en cada desafío— y dejar atrás lo que no nos sirve más —los miedos que nos ataron, las culpas que no nos pertenecen, las sombras que no nos dejan crecer. Es un momento de equilibrio, de respiración profunda, de decir gracias al año que se va por habernos hecho más fuertes y bienvenido al que llega por abrir nuevas puertas.
Porque cada año que termina es un regalo —aunque venga envuelto en dificultades— y cada año que comienza es una promesa. No son dos mundos separados, sino dos capítulos del mismo cuento —el cuento de nuestra vida, de nuestra sociedad, del mundo— que seguimos escribiendo con cada día que pasa, con cada sonrisa que damos, cada paso que damos hacia adelante. Y en ese cuento, el umbral es el lugar donde la memoria se encuentra con la esperanza, donde el eco del ayer —con sus luces y sombras— se fusiona con el aliento del mañana.