Casos / Por Emmanuel Langone
Un “hombre” le ofrecía a su ex pareja, dinero para su hija a cambio de sexo
"Es hora de que la sociedad, el sistema judicial y nosotros como ciudadanos rompamos el ciclo. La dignidad no tiene precio".En la tranquilidad de mi despacho, lejos del bullicio de los tribunales, escuché un relato que me atravesó como un rayo. No era un caso más en la pila de expedientes; era la voz temblorosa de una mujer que había sobrevivido a años de infierno. Por secreto profesional, guardaré celosamente su identidad –la llamaremos "María" aquí–. Pero su historia merece ser replicada: es una denuncia urgente sobre la violencia invisible que atrapa a tantas mujeres, incluso después de romper las cadenas.
Los expedientes judiciales son fríos: folios llenos de jerga, plazos y firmas. Detrás, late una vida destrozada por el maltrato. No sólo el físico, que deja moretones visibles y condena social rápida. El peor es el psicológico y económico, una cárcel sin barrotes que anula la voluntad, erosiona la autoestima y convierte la supervivencia en una negociación diaria.
María me contó de una relación tóxica que la redujo a sombra. Terror a hablar, humillaciones constantes, anulación total de su ser. Al fin, con coraje heroico, se separó. Un juez fijó una cuota alimentaria para la hija: 200.000 pesos mensuales desde el año pasado. Insuficiente, pero algo es algo. Lo que vino después superó toda crueldad imaginable.
El ex –un "hombre" entre comillas– comenzó el hostigamiento. Mensajes que son dagas al alma: “Si estás conmigo, te doy 50.000 pesos por vez”. Sí, leyó bien. Ofrecía dinero para la niña a cambio de sexo con la madre. Prostituir a la madre de su propia hija. Otros textos, irreproducibles por su obscenidad, insistían: una "mejor cuota" dependía de "su esfuerzo y buena predisposición". Cinismo puro: explotar la vulnerabilidad económica para saciar sus bajos instintos.
Esto no es un caso aislado; es el patrón de la violencia de género en su forma más perversa. Según datos del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad (2024), el 68% de las mujeres en procesos de divorcio con hijos reportan coerción económica post-separación.
María exhibió pruebas irrefutables: capturas de WhatsApp que claman justicia. En un país donde la inflación devora salarios y las madres solteras luchan por lo básico, este tipo de chantaje es devastador. Convierte la manutención –un derecho inalienable del niño– en moneda de cambio para la dignidad de la mujer.
Como abogado, he visto jueces actuar con firmeza: incorporar estos mensajes como prueba de violencia económica, elevar cuotas y ordenar pericias psicológicas. Pero necesitamos más. Reformas que agilicen denuncias, protocolos específicos para extorsión digital y campañas que visibilicen que "ofrecer dinero por sexo" no es negociación: es abuso.
María sobrevive, pero ¿cuántas callan por miedo? Su historia es un grito: la violencia no termina con la separación; muta. Es hora de que la sociedad, el sistema judicial y nosotros como ciudadanos rompamos el ciclo. La dignidad no tiene precio.