Reflexiones

Diario de viaje: Madrid, España (parte III)

Por Lucas Cortiana
domingo, 19 de enero de 2025 · 08:00

Constatamos que ningún viaje puede emanciparse de los platos típicos ni de la curiosidad. Ya Marco Polo escribió sobre los fideos en China, los melones de Sapurgan y el vino de arroz en la corte de Kublai Khan. Quizás a partir de Il Milione se considere insuficiente o inexacto un relato de viajes que no recurra a la comida para advertir diferencias pero con el estómago y el corazón siempre abiertos, sin desprecios ni recelos.

En Ezeiza nos habíamos despedido de la comida chatarra y una vez puesto un pie en Madrid huíamos despavoridos de los McDonald’s y las gaseosas. Nos dábamos cuenta no sólo de que no eran irresistibles sino que eran fácilmente despreciables, en tanto íbamos adquiriendo una inteligencia refinada, menos desde los conocimientos teóricos que de la mundología dependiente del apetito. Lo bueno era lo necesario. Lo exquisito era lo obligatorio. Lo sabroso era inexcusable. Del resto se podía prescindir.

Las nuevas capas en la conversación que se añadían a las anteriores sobre sabores y aromas en el Parque del Retiro, mantenían la pretensión gourmet, ya sea directa o indirectamente. Estábamos insertos en sus referencias: si pensábamos visitar el Templo de Debod, el mapa, con una estrella de Belén desobediente, nos señalaba el camino hacia los aledaños Parsi, el restaurante de comida persa, o Txirimiri Ferraz, de comida vasca. Una tarde nos llegaron noticias sobre Brando, nuestro perro. La alusión derivó en mayores digresiones. Enseguida recordamos que Marlon Brando y Frank Sinatra tenían sus restaurantes preferidos en la ciudad. Es conocido que a Marlon Brando lo seducían las trufas al cava de Zalacaín y que Sinatra quiso comprar el Restaurante Botín. Vagamente mencioné la anécdota de Brando en el Hotel Castellana Hilton y su extravagancia de pedir que le subieran diariamente uno o dos patos a su suite. Cuando el maître, confiado, preguntó si los quería en confit o a la naranja, Brando contestó que los quería vivos.

Le pedí a Camila, entonces, la información sobre la cena a la que nos había invitado Luis. Me di cuenta, al fin, una sutil diferencia, que de todas formas, se relacionaba al disfrute de una velada. Más allá de los platos, lo que me generaba mayor emoción era compartir la mesa con Luis de León Barga, el editor de la revista literaria en la que estaba colaborando desde hacía algunos años y a quien no conocía en persona. Apenas llegados a Madrid, Luis me había llamado para darme las coordenadas de La Barraca y confirmarme el menú.

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De mi diario de viaje: “Esperamos media hora en la parada de la “Línea 146 autobús”, a pocos metros de la Plaza de Cibeles. Era temprano y los colectivos todavía no habían comenzado sus recorridos. Mientras discurríamos por nuestras primeras vagas impresiones de la ciudad, Luis me llamó para darnos la bienvenida. Si bien aún no habíamos desayunado, o tal vez por eso mismo, la promesa de la cena me pareció sublime y, aunque adelantada unas sesenta horas, puntual.

Yo, que no conozco el ascetismo, le hice repetir dos veces el dictado del menú para que Camila pudiera tomar nota: entrada de jamón ibérico y queso manchego, plato principal de paella valenciana y un vino Somontano blanco.”

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Algunos meses antes, Luis me había enviado su reciente novela, Los durmientes, que recorría la correntosa línea del tiempo desde la Segunda Guerra Mundial pasando por la Transición española y que, igual que un río, arrastraba los sedimentos de su curiosidad periodística, de recopilador y archivista, y de su vida en Roma, que incluía espionaje ruso, mafia, aristocracia, y la fe y la política católica. Al leerla me sentí intimidado y tenía temor de que en la cena que nos esperaba me comportara como un niño incapaz de contener el entusiasmo, o peor, como un adulto reclamante de atención y en deuda por la condescendencia.

También había leído el epílogo que había escrito para La culpa fue de Baudelaire, un libro de memorias de su colega Enrique López Viejo, y comprendí que era un sobreviviente de una época que había consumido a otros, porque en el devenir vital, la universidad y la religión habían cortejado con las drogas y el rocanrol, la alta cultura era desafiada por la contracultura y el pop y el mundo adolescente descubría el hedonismo, la libertad y el peligro: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”, dijo, citando a Philip K. Dick, y eso se imponía con respeto pero a la vez era un presagio favorable; la conversación, como la comida, iba a ser buena e interesante.

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