Un cuento para leer en domingo
La lectura de «El cazador Gracchus»
Por Lucas CortianaComo si fuera un instante crucial en sus vidas, ambos se acostaban en la camita a que aquel cuento acudiera a desordenar algo que aún no sabían bien qué era pero que debía despertarse adentro, bien adentro, desordenado y precioso. Mucho tiempo después, en su lecho de muerte, lo sabría. Esa lectura repetida era como jugar con un trompo de giros interminables cuyo bamboleo siempre parecía detenerse y que en alguna parte se detendría, o no, manteniendo en vilo al universo, en el principio de Dios o en el final del tiempo. «Eso es lo kafkiano», le dijo un profesor de literatura. Las frecuentes evocaciones de los otros hacia Kafka, pronto comenzaron a exasperarlo. Kafka sólo era suyo y de su hermano.
Su abuela alemana tenía en su casa una extraña antología de cuentos y él, que hablaba y leía fluidamente alemán y español y detestaba las siestas, comenzó a escribir en español lo que sus labios pronunciaban en alemán en los tiempos muertos en que la casa entera se tendía y el silencio se sentía primero antes que el sueño. Pero Kafka parecía conducirlo en otro sueño. No lo sentía entrar, girando en su cabeza, sigiloso e invisible en ese cuarto enrarecido por la imaginación, aunque nunca más podría sacarse los vestigios de terror absurdo que le produjo de niño.
Fue durante una siesta o una noche, antes de leerle «El cazador Gracchus» a su hermano por primera vez, que su hermano había hecho girar un trompo.
De adolescente empezó a buscar otras obras de Kafka. Las ediciones en español que consiguió en su pueblo, no lo conformaban. Sentía que había algo que se había perdido y un pavor de que las fantasías no le llegaran intactas. Pero siempre encontraba alguna línea de identidad inequívoca como si alguna forma fantasmal de Kafka se filtrara en el texto a repararlo y él recogiera esas minucias preciosas como el único lector asignado a ese privilegio. Pidió catálogos a Europa de las obras de Kafka en alemán; consiguió que le trajeran algunas. Las traducía fielmente con la intención de leerle a su hermano, pero su hermano volvía a pedirle «El cazador Gracchus». Para acompañar el relato mil veces leído, el hermano decía «¿hacemos girar el trompo?»
No resultó extraño que fuera el primero en la carrera de Traductorado ni que tiempo después, la Fundación Alemana Ein Hurgerkünstler, en Argentina, le encomendara la traducción de los inéditos de Kafka. Dos años le llevó completar la labor. Mañana, tarde y noche traducía incansablemente. Solo se detenía unos pocos minutos antes de dormir, cuando su hermano le pedía, otra vez, «por favor, léeme «El cazador Gracchus»». Siempre un sonido de peonza interminable se escuchaba en el piso de madera de la habitación.
Pensó, ya sin celos del mundo, cuando su traducción salió de la imprenta, que Kafka no les pertenecía; sólo el cuento de «El cazador Gracchus».
Entre brumas se fue haciendo viejo. En una mecedora en un jardín de invierno, mientras alguna lluvia triste coincidía con sus lágrimas, solía leerle a su hermano, «El cazador Gracchus».
En su lecho de muerte, alguien quiso dar una explicación, decir algo de lo kafkiano queriendo decir algo sobre lo absurdo pero también angustioso. Otro alguien, desde las sombras, le dijo que se callara. El viejo moribundo, con un hilo de voz, pidió que llamaran a su hermano. Una mujer se ofreció a buscarlo. Examinó entre los rostros viejos un rasgo parecido, un gesto gemelo. No encontró ninguno. Preguntó a las visitas, a los parientes lejanos, a los vecinos. En una habitación encontró a un niño sentado en el suelo. También le preguntó si había visto a un hombre viejo. El niño observaba atentamente el giro indefinido de un trompo. «Niño», llamó la mujer al niño embelesado, «¿has visto al hermano del viejo?» «Niño», dijo otra vez, y detuvo el trompo con la mano.
En otra habitación de la casa, el hombre que estaba a punto de morir, moría. El niño comenzaba a recitar de memoria las primeras palabras de «El cazador Gracchus».