Un cuento para leer el domingo

Corazones

Por Lucas Cortiana
domingo, 28 de julio de 2024 · 08:00

Azucena Villa sintió que su saco pesaba más de lo normal. Notó que el bolsillo se deformaba, abultado, estirándose hacia abajo. Miró con atención a su alrededor. Así era el juego. Alguien había pasado a su lado y la había rozado mientras ella daba la impresión de estar distraída frente a los maniquíes de una tienda. Nunca lo estaba. No podía desprenderse de la realidad. Sus pasos se habían hecho más firmes, sus ojos sobre las noticias del periódico más perspicaces. Sus manos seguras aplaudían mientras la voz sonriente cantaba el «Cumpleaños Feliz», cada semana, a otras mujeres o a ella misma, aunque nadie cumpliera años.

El juego consistía en acercarse a la calesita de la Plaza Almagro, cualquier día pero en especial los domingos de feria y libros y esperar a que otras mujeres llegaran con el corazón en la mano, escondido en papel de diario o en el fondo del carrito de las compras vespertinas y lo dejaran en su bolsillo. El juego era así, prudentemente calculado y a la vez temerario; entusiasta y florido y colorido pero aguantando el peso gris y ceniciento de cadáveres o de ausentes. De tarde, mejor que de noche, custodiando desde una mesa que los adversarios no descubrieran el montaje celebratorio, vigilando por dónde aparecían los faros de los patrulleros y las botas brutas y el vaho brotando de las narices.

Al juego lo jugaban madres y abuelas. Participantes por elección o empujadas al juego. Las mismas que hubiesen estado tejiendo puntos de crochet para escarpines pero que durante el juego eran devoradas por una llama que les quemaba las entrañas. Había sido la mujer flaquísima que giró rápidamente en la esquina de la Confitería Las Violetas la que dejó su corazón en el bolsillo de Azucena, prendido fuego. Y la señora que cruzó de vereda antes de que el Ford Falcon llegara a Rivadavia y Medrano yendo a engullir la sangre, el pelo y la piel. O la otra abuela, que se escabulló tras la pequeña puerta de una mercería, evitando que se cerrara, trabando con el pie, justo cuando pasaba un grupo yendo o viniendo del Casino de Oficiales o del Garaje Olimpo.

Esos otros jugaban al otro juego. El otro juego se jugaba en el extenso asfalto de Buenos Aires. Los hombres visitaban un barrio, un negocio o una casa y comenzaban la persecución. A plena luz del día, también en la estación del subte. Corrían a sus perseguidos por pasadizos estrechos, por escaleras, por los pasillos de los cines, luego, si los atrapaban, apoyaban a los perdedores contra un muro, les hacían cerrar los ojos y contar hasta cien. «Noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve…» al cien la tierra se los tragaba. Se oía un ruido sordo, de pozo vacío que se abría (como una sepultura, sí, como una sepultura), pero el pozo nunca estaba vacío. Más preciso sería decir que el pozo era el baúl de un auto o el asiento trasero. En aquella oscuridad apagada la angurria del pozo exigía permanecer repleto. Y nunca vomitaba, nunca devolvía; cuantas toneladas le convidaran más era el apetito asqueroso, de maquinaria que chacina, de mezcolanzas sangrientas, con la proclividad a la morcilla. Pero aquel juego no era definitivo. Requería, en principio, de confrontaciones disparejas y siempre adversas para los perseguidos. Los raptores debían duplicar o triplicar a los perseguidos y la captura licenciaba a los primeros a la continuidad de otro juego dentro del otro juego. El otro juego, el juego después del juego, las embarazadas, las adopciones.

En cambio, el juego de las abuelas no era un juego. Debían llamarlo así para no ser obligadas a jugar al otro juego. Azucena, con su propio corazón en el pecho, triste pero no rendido, iba y venía por la cuadra de la Confitería Las Violetas, daba vueltas a la manzana, confirmaba el peso en sus bolsillos, no renunciaba al recuerdo de los hijos ni los nietos. Ya se habían olvidado de ellos en los hospitales, en los cuarteles, en las comisarías y en los juzgados. Azucena tenía en los bolsillos los corazones. Otros maldecían a las madres y a los hijos, y las manos de algunos dioses estaban cerradas o atadas como en una iconografía del menosprecio o el abandono.

Esperaba a Estela. Habían festejado su cumpleaños dos semanas atrás. Hoy lo festejarían otra vez. Mirta, de noviembre, había cumplido en agosto y dos veces en septiembre. Así los perseguidores no sospechaban de doce o quince mujeres comiendo masas finas y echando chispas por el Ananá Fizz.

Aquel juego también derivaba de un juego anterior, alegórico y poético. Si Leontina llamaba por teléfono a Celia podía decir que «alguien había cortado flores en los jardines del barrio» o que «no encontraba la camiseta de Boca en los roperos». O decían que «las nubes no dejaban ver las estrellas» o que «las luciérnagas esto…» o «los picaflores tornasol aquello…» y «los angelitos aquello otro» y «ay, Dios». 

De pronto los rumores barriales corrían por las aceras. Algunos comentarios llamaban la atención, historias de matrimonios estériles que de pronto aparecían con un bebé. Entonces Azucena volvía a llamar por teléfono. Esta vez a Beatriz, a Vilma, a María Eugenia… Y comenzaba el juego de las señoras gordas tomando el té en los bares de Retiro, festejando repetidos cumpleaños en Almagro, chismeando en voz alta las frivolidades de ATC y los quehaceres de la casa pero secreteando sobre la suerte y paradero de las flores, de las estrellas…

La última en entrar es Azucena que saluda al mozo y busca la mesa de siempre, cerca de los baños, alejada de la calle. En la mesa hay una torta, servilletas y cajas con regalos. Azucena deja las cajas con los corazones en otra mesa más pequeña, junto a la pastaflora y las gaseosas. Los nombres, las casas cuna, los orfanatos. No sabe para quién es la fiesta, es para Estela, es para todas, es para los que no están.

?¿Corazones de chocolate? ?pregunta el mozo.

?Sí, corazones.

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