Cultura

Beluga, de Stella Maris Soria

Reseña de la novela de Stella Maris Soria
domingo, 2 de junio de 2024 · 08:00

En cuanto a la pureza del agua, aquí no lava ni cura. No queda nada de la transparencia amarronada en el agua de los estuarios de los ríos, las manchas íntimas del color de la sangre la tiñen y la pudren. Dentro y fuera de las aguas las criaturas se asfixian, luchan y tiemblan entre la agonía y el triunfo, entre el agotamiento y el miedo. El hombre, un animal que goza con la muerte. Entonces Stella Maris Soria, en Beluga (Editorial Sophie, 2024), de tanto temer y estar en esas aguas revueltas, sabe quitar la vida o zambullirse con un corazón de pez a probar las carnadas con curiosidad de poeta. De mujer poeta que tiene la condición híbrida, pisciforme de una sirena.

El mar de Stella carga con bestias feas, peces con alma de ángel triste, y Stella, escrutadora, descubre lo que sienten y lo muestra. Y mostrar el abismo de los otros, es mostrarse a sí misma, salvadoramente. Condescendiente y cruel. Con los más desgraciados, compartiendo el aliento último más no el poder; pero su mano de carnicera, antes de cortar desde la cloaca hasta las branquias, tiembla, tiemblan victimario y víctima («el pez vivo bufa inflado / ante mi miedo»), y saldrán las sustancias viscosas porque el poder es mezquino y subyuga.

      En este juego asesino

      […]

      Manos que recogen al fin

      un pez enorme con aleta negra/

      entabla la feroz pelea

      del que lucha por vivir.

Mata, que es su firma final. Dice Hemingway en El viejo y el mar: «He matado a este pez que es mi hermano y ahora tengo que terminar la faena».

Soria dice:

      saca un pez que no devuelve al mar

      lo tira arriba de la embarcación

      me dice 'cocínalo'

      […]

      Zigzaguea pérfido

      dolorido y moribundo

      […]

      Cae para entregarle su cabeza.

Mata, como mata el mar («Un mar que es Dios y te devora»), una fuerza superior que también es padre y engendra, mata y da vida por igual («espuma salpicada de esperma») como un ente sensual e inescrupuloso que en su poder es doblemente abominable.

Esta obra es espiritual, aunque aparenta ser carnal. Se percibe en la aparición intrínseca del triángulo como símbolo de equilibrio, tal la apreciación de los alquimistas, o en la geometría sagrada, que vincula lo divino con lo terrenal. En tres figuras se resuelven las tensiones, componiendo una singularidad, «la naturaleza concentrada en una forma», como decía Stendhal, mar, hombre y pez, una efigie trinitaria que se despliega con el hilo de las tres moiras griegas (la tanza en el reel) de la mortandad.

Por arte, esta obra de Soria es biográfica, se siente en los escalofríos que no se pueden fingir ni en el asco ?elección estética («con qué inmundicias he de encontrarme / en la sequedad de mi boca»)? ni en la moralidad destripada. Soria no se para en el extremo del muelle a dar de comer a las gaviotas o al costado de una lancha oxidada que nunca más volverá a la procesión de olas; está bamboleándose en el Williwaus para una literatura de la verdad (y verdad es confesión), en la misma lucha encarnizada que tenía, otra vez, el Hemingway de El viejo y el mar, con el animal, consigo mismo, en el ejercicio vital de dos voluntades antagónicas: «Pez, vas a morir de todos modos, ¿tienes que matarme también a mí?»

Enseñar la propia conciencia de la poeta que pesca es mostrar una cierta conciencia de Cristo, expertos ambos en pesca mayor, en la pesca del hombre dicen los evangelios o en la pesca del hombre imposible, dice Soria, que no puede pescarse porque ya está muerto y no puede morder el anzuelo ni beber del amor. La pesca de Cristo para vida eterna, la de Soria para ofrendar al mar («el mar tiene su propio cementerio») el cadáver del pescador o del pescado, nuevamente, dos que son la misma entidad («Y yo / soy / una / beluga»).

      Galopa en la pelea un delirio azul

      que no cede y tira

      como un pez grande imposible de pescar.

      […]

      Si está muerto.

Y Soria intenta lo imposible, cerrar un mar abierto, ordenar a un dios bullicioso que se calle. Así, acotar su jurisdicción sobre la muerte y establecer límites a la actividad sobre su memoria. Por eso, como si necesitara vomitar sargazos y escualos atorados en el sistema que digiere la evocación de los nombres y los recuerdos tristes, Soria grita «¡Cierre!» desde el palo mayo del Williwaus, porque al fin ha visto tierra.  

     

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