Reflexiones / Por Lucas Cortiana

Gladi se durmió

A la memoria de Gladi Bazán de Musumano «Si un hombre muere, ¿puede volver a vivir? […] Tú llamarás y yo te responderé.» (Job 14: 14, 15)
domingo, 28 de abril de 2024 · 08:00

Las cosas suceden así, la vida siempre es un pájaro libre a punto de dormirse. A menudo queda a la espera de que Dios la llame a su paraíso; memorioso perfecto, jamás se olvida. De nuevo pone al alma de pie y le devuelve el aire. Y los que quedan, quedan añorando al pájaro libre, que ha cesado, en cualquier noche, su vuelo, su canto y su luz.

Pero nunca es cualquier noche. La noche del domingo en que Gladi, la vecina de la calle Frías, se durmió, no se confundirá en la memoria con otros domingos breves e inciertos que ya no existen: será largo y certeramente «el domingo en que Gladi se durmió». En muchos años, traeremos de vuelta ese momento a comprobar que lo común a todos los hombres no es vulgar, y que los recuerdos no son competencia de la tierra sino del espíritu: sus leales en la puerta del hospital, esperando que el doctor hable (o que calle y al final los ojos digan la misma cosa); el óxido formándose en los huesos por el rocío cayendo por última vez; las sábanas lisas bajo la mujer que está siendo llevada a un sueño nuevo; el diálogo silencioso de Hugo con el Padre Nuestro que está en los cielos; las lágrimas de Ruth como una hija que hace posible el corazón aunque la naturaleza se niegue; Alejandro ahogándose en un rincón de su tristeza pero en el centro mismo donde la esperanza prospera; la muerte invencible que sólo el amor la pudo.

Gladi leía la biblia y amaba las flores. No le quedaba nada por hacer en ninguno de los dos jardines: en el de Dios había cultivado rosas. Al cuidado del otro, menos significativo, lo empezó a ver, con incredulidad al principio y luego con resignación, como una hazaña demasiado grande. «Se está viniendo el pasto», decía. El terreno sí era largo y los yuyos crecían rápido y con fuerza, pero ella se refería a la muerte. La muerte era la que se venía, y parecen raras e íntimas las metáforas con que llamamos a las cosas feas. Por eso, Hugo, su esposo, cortaba el pasto y rastrillaba las hojas. Esas contradicciones irónicas: mientras el destino de Gladi avanzaba y en el jardín celestial cuatro ángeles sostenían los pilares de una pérgola de Santa Rita y jazmín de leche, en el otoño de sus patios, Hugo barría las hojas y quitaba las espinas, pero el viento las traía de vuelta y el polvo se amontonaba en su jardín marchito en un ciclo infinito.

Presos de nuestras antinomias, como del cuerpo que peca y muere, Gladi no quería ceremonia religiosa ni el retrato de los velatorios ni la corona fúnebre. Acaso pensaba que cerrar los ojos y dormir un rato no merecía una despedida ni ordinaria ni estrafalaria. Y quién sabe qué desea un pájaro a punto de soñar. No sé si era su voluntad que yo escribiera este texto. A pesar de todo lo escribo. Hay otros que también agonizan, discretamente. 

  

Comentarios