20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional / Por Rubén Osvaldo Cané Nóbile
La defensa de nuestra soberanía ante la agresión anglo-francesa (1845-1850)
Las causas de la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata fueron:Inglaterra y Francia le exigieron a Rosas bajo amenaza de ataque que declarase libre a la navegación internacional nuestros ríos interiores a los efectos de poder comerciar con Paraguay y con las provincias del litoral que se sublevaran contra él y se separaran de la Confederación Argentina. Rosas se negó rotundamente pues lo consideró un atributo exclusivo de nuestra soberanía.
Los pedidos de auxilio y las gestiones diplomáticas realizadas en Londres y París por el emigrado unitario Florencio Varela, quién difundió ante los gobiernos de Francia e Inglaterra la imagen de que Rosas era un tirano sanguinario que oprimía al pueblo de Buenos Aires, de cuya tiranía había que liberarlo.
La exigencia de Francia e Inglaterra de que Rosas retirara sus tropas de Uruguay, a lo que Rosas respondió que sólo las retiraría cuando se retiraran las tropas extranjeras que estaban ayudando a los unitarios sitiados en Montevideo a resistir el sitio sostenido por el general Oribe.
(Presidente legítimo de Uruguay y jefe del Partido Blanco uruguayo de tendencia federal.)
Cuando Rosas se dio cuenta que las naves europeas remontarían el Paraná, ordenó fortificar la orilla derecha del río, en un lugar llamado Vuelta de Obligado, al norte de la provincia de Buenos Aires entre las actuales ciudades de San Pedro y Ramallo.
En ese lugar el ancho del río Paraná no supera los 700 metros y por allí debían pasar necesariamente las naves enemigas si pretendían vender sus mercancías en Corrientes y Paraguay. Sobre un recodo de la costa, aprovechando como defensa natural un barranco, el general Lucio Mansilla instaló cuatro baterías de cañones.
Para impedir el paso de la flota anglo-francesa aguas arriba y obligarla a combatir sí pretendía forzar el paso, fueron colocadas de costa a costa, gruesas cadenas de hierro, sujetas a unos veinte lanchones. Ocultos tras las ondulaciones del terreno y los montes de la región unos 2000 hombres se aprestaron a la defensa.
Antes de la batalla el General Lucio Mansilla arengó a las tropas con estas palabras:
“Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más títulos que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. Pero no lo lograrán impunemente..., debemos morir todos antes de ver bajar el pabellón azul y blanco de donde flamea”.
El 20 de noviembre de 1845, once naves anglo-francesas trataron de pasar por la Vuelta de Obligado originándose un violento combate que terminó al cabo de siete horas con la destrucción de las fortificaciones.
Forzado el paso las naves de guerra ascendieron por el Paraná precediendo a numerosos barcos mercantes cargados de mercaderías, siendo hostilizadas por baterías argentinas en distintos lugares, tanto a la ida como durante el regreso. Aunque los buques enemigos llegaron hasta las proximidades de Asunción, registraron pocas ventas.
La heroica defensa de nuestra soberanía en el Combate de la Vuelta de Obligado ha determinado que el 20 de noviembre sea declarado Día de la Soberanía Nacional.
A mediados del siglo XIX Europa se hallaba convulsionada por la amplia difusión de las ideas liberales. En febrero de 1848 abdicó el rey de Francia Luis Felipe y se proclamó la segunda república.
El nuevo gobierno francés decidió mejorar sus relaciones internacionales y poner fin al conflicto con la Confederación Argentina, sin embargo, fueron los ingleses los primeros en firmar la paz mediante el tratado del 24 de noviembre de 1849. Francia firmó el 31 de agosto de 1850. En los dos tratados ambas potencias reconocían la soberanía argentina sobre los ríos interiores y devolvían la isla Martín García.
Rosas que estaba a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación procedió con energía en defensa de la integridad territorial de nuestro país. La agresión anglo-francesa y su intromisión en nuestra guerra civil motivó que el general San Martín desde su exilio en Francia criticara duramente el ataque de las potencias europeas. En su testamento dispuso que su sable fuera entregado “al general de la República Argentina Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República, contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
Los referidos tratados internacionales representaron para Argentina un triunfo diplomático y jurídico frente a las dos más grandes potencias del mundo de aquella época.