Lucas Cortiana

Truco con machete

El truco, nuestro gran juego de versos y mañas, y por qué no debe jugarse con machete.
domingo, 6 de agosto de 2023 · 08:04

No se puede jugar al truco con machete. Resulta inconcebible que en el punto crítico y extasiado de un vale cuatro, el jugador novel consulte la ayuda de memoria para decidir su aceptación o su ida al mazo. Desde luego, un recién iniciado carece del oficio de un experto y debe aprender, sin embargo, su aprendizaje consiste menos en el conocimiento de las reglas y más de las fullerías que el juego admite. El truco, por supuesto, es un juego de conversación y maña. Mientras que las cartas en la mesa están desnudas, en el terreno de lo evidente, las operaciones de la picardía se sitúan en el ámbito del ingenio, por lo tanto simbólico y misterioso.

Por aquello, un machete solo podrá dar al jugador una idea aproximada del valor de las cartas, una especie de receta pasiva con figuras inmóviles. De la gracia del buen jugador, de su desenvoltura y garbo, no se puede hacer un mapa. Por eso, el truco no depende de las suertes que han sido barajadas, sino del jugador que le imprime alma a las cartas, seduce con versos y confunde con tretas. Tales méritos dan a las cartas su “valor aproximado”: sólo el jugador hábil persuade a creer que tiene un ancho cuando apenas tiene un dos y en el total de las tres cartas, inventarse un beneficio mayor a la cotización particular.

Así, no se debe jugar al truco con machete, como no se conversa con un amigo con un bosquejo ni se besa a la novia con tutorial. En todos los casos, las reglas están al servicio de las sensaciones, y en cada movimiento dialéctico o gestual, la intuición de la respuesta del otro. Tal acierto empático es una demostración de dominio de técnicas sensuales, es decir sensibles, inconciliables con un manual de instrucciones. En cierto modo, jugar al truco con un machete es como querer escribir poesía con el diccionario, prescindiendo del espíritu, el ritmo y el goce.

Comprendo que mis amigos N. y L., llegados a las noches de truco desde el matemático y silencioso ajedrez, se impresionen ante las corazonadas y verborragias dueñas del juego, y hasta consideren irregular que no se lleve registro de las grandes jugadas con notaciones algebraicas para estudiar las tácticas y analizar los errores. Comprendo que se busque la equivalencia de las reinas y peones en el az de espada y en los serviciales doses. Pero es que al truco jamás se juega con machete. Es juego de orejear la coincidencia de los palos para la flor, de la palabra bien cantada y del alarde, de la confianza en las viejas y de la seña exacta.

Por eso no hay academias donde se enseñe el truco y se aprende en los bares o viendo a los abuelos y tíos. Como asar y tomar vino.

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