Por Lucas Cortiana

La voz en el altoparlante

Dos muchachos tomaron los megáfonos de un tren en Viena para transmitir un mensaje nazista y música infantil. ¿Qué sucede cuando alguien nos comparte una voz? ¿Qué pasaría si los altoparlantes de nuestro país fueran boicoteados? ¿Qué mensaje escucharíamos?
domingo, 21 de mayo de 2023 · 11:07

Por los rieles de una ciudad limpia y ordenada, los megáfonos del tren expreso hacen sonar la voz de Hitler. Dos hombres encontraron una manera brutal de entretenimiento, compartiendo fragmentos de discursos nazis en vez del anuncio de la llegada a Viena. Claro, no es una voz ni un tono cualquiera, sino uno que usurpa el éter y enciende el fuego en los tímpanos, trayendo a la memoria un olvidado sentido del espanto. Cuando el coro del saludo fascista “Hail Hitler” acopla en los vagones, ya es de noche en Viena, ahora sucia y descompuesta, como si hubiera estado cautiva desde siempre de algunas sombras. ¿Deber cumplido para aquellos dos “granujas nazis” —tal como los denominó un rabino que viajaba desde Innsbruck— que fueron detenidos por la policía? ¿Fanatismo o broma de mal gusto? Sin que medie una explicación, semanas atrás, los mismos conspiradores habían reproducido canciones infantiles en el mismo tren, con verdadero compromiso familiar, para cooperar con los arrumacos de las madres austríacas que volvían a casa con los niños desmayados de sueño.

Compartir una voz y una música conlleva la responsabilidad de inventar una hospitalidad o fallar en el intento. El yerro puede parecerse a un atentado emocional. Quien sube el volumen convida un viaje interior que no puede ser respondido con indiferencia, porque suma sentimientos hasta el infinito y puede inquietar el espíritu como por ensalmo.

Recordé una escena de la película The Shawshank Redemption, en la que un preso accede a un tocadiscos y hace sonar la “Canzonetta sull' aria” de Las bodas de Fígaro por los altoparlantes para que el resto de los presos la oiga. Aquel territorio desolado de las cadenas perpetuas, con almas encogidas por la culpa y la falta de sol y lluvia; de hombres espectrales de nostalgia porque en sus recuerdos solo crecen flores marchitas de antemano; de incrédulos, a la fuerza creyentes, que empeñan sus rezos a dioses muertos y sordos encerrados en los mismos muros, ahora comprendiendo una música que obra en ellos un milagro, un arte que es libertad y los eleva sobre el plano de concreto y hierro: “Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros y, por unos breves instantes, hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre” dice el narrador, aunque hubiera tanto misterio como belleza en el dueto soprano de Gundula Janowitz y Edith Mathis, que producían fuerzas incontrolables en los rincones recónditos del entresijo abatido aunque nadie supiera traducir aquellos versos en italiano.  

En lugar de la música de ascensores de algunas salas de esperas, del silencio desordenado de los consultorios o del ritmo mecánico del rodillo que entrega y quita los billetes en los recintos en que la gente se postra ante un cajero automático, podría, algún subversivo, hackear las consolas y hacer sonar una voz que ningún viento burocrático pueda disipar.

Ojalá de abajo hacia arriba y viceversa, en todos los pisos de los edificios de oficinas se escucharan en un bucle eterno los 153 minutos de las dos entrevistas que Soler Serrano le supo hacer a Borges. Dos o más terroristas secuestren todos los parlantes, tomen la gerencia y el espacio en que se trasladan las ondas. Que coincidan los golpes de sellados con el tono balbuceante de Jorge Luis citando a Marco Aurelio en eso de que no hay que ser ni amo ni esclavo; que el que diseñe el gráfico de torta para las estadísticas escuche un susurro, precisamente allí, donde la matemática comunique fragmentada: “como escribo por medio de símbolos y nunca me confieso directamente, la gente supone que esa álgebra corresponde a una frialdad.”

Ni es tan inexacto pretender el monólogo 2000 de Tato Bores. Los saboteadores tomando los sistemas de megafonía en el centro de las ciudades y en los márgenes, confabulados con los chatarreros que pasean por los barrios en sus camionetas, cambiando el grito “compro bocha de heladera y baterías viejas” por el vermut con papas fritas de la historia argentina.

Ya se escuchó el himno a las diez en todas las casas en época de pandemia y el “barrilete cósmico” de Víctor Hugo Morales como una lemniscata desde el ’86 y hacia el futuro en cada radio. Para no perdernos en la astronómica cifra de discursos y frases, conferencias y arengas, el boicot sonoro debería mostrarnos lo más parecido a la voz de la conciencia, sino, a la voz de nuestras madres recordándonos llevar un abrigo. ¿Qué clase de grabación podría ser esa?

 

Comentarios

22/5/2023 | 11:56
#164795
Escribís muy bien pero no creo que te comprendan y lean mucho.