Literatura / Por Lucas Cortiana

La poeta de las serpientes, de Camila Andreu

El nuevo libro de Camila Andreu, enigmas zigzagueantes de la hija adoptiva de las culebras.
domingo, 5 de noviembre de 2023 · 08:00

Como en el mito de origen de Batman, la pequeña Camila Andreu de solo cuatro años cayó a una cueva en un campo del pueblito de Hersilia de los Montes, en su Santa Fe natal, salvo que en vez de ser acogida por murciélagos, su caída fue amortiguada por un colchón de cuerpos suaves y blandos conformado por miles de serpientes. Lejos de aterrorizarse, sintió una conexión íntima, un poder inquietante y una llamada seseante que no dudó en contestar. “Aquella falla o acierto” en su corazón, dice Camila, hizo que, tiempo después, dedicara su vida a buscarlas y fotografiarlas.

Concentrada a fondo en la tozudez de meterse en los nidos, en túneles o bajo la hojarasca, empezó a traducir a poesía el idioma de las serpientes que ya hablaba fluidamente desde los cuatro años.

Así llega a nosotros La poeta de las serpientes (Álvaro/Columbia Ediciones, 2023), un poemario que Camila escribe desde el trono mismo de su reino, con el riesgo literario de ser intérprete antes que artista.

Comprometida a verter la pura esencia de aquel idioma bífido, en ocasiones se siente una forma espiritual, más que animal o humana. Y aunque no hay referencias a alguna representación del mal como en las religiones cristianas o islámicas, la espiritualidad viene a estar conformada por un carácter enigmático y sutil que consigue construir su propio sentido simbólico. Su anterior editor creyó ver en el poema XVII, sobre una serpiente comiéndose a sí misma que Camila fotografió en Australia, alguna alusión al uróboros, aquel concepto milenario que simboliza el ciclo eterno de las cosas. Camila se desilusionó y buscó un colaborador más perspicaz. 

Hay una niña, Ophidia —su alter ego—, que da su voz a los versos. En el poema/relato sobre su caída al nido de serpientes apunta la primera revelación, que sostiene hasta el día de hoy. Sus ojos de niña no vieron una cueva de víboras venenosas sino un hogar, una familia en el pozo profundo, en el que ella no vino a superponerse o interponerse sino a yuxtaponerse. Como en aquella noche de Las mil y una noches en que el leñador Hâsib- Haldun Kara se topa en el bosque con la reina de las serpientes, solo por aquiescencia de las serpientes, sabias y prudentes, se puede acceder a los misterios más recónditos de su estirpe.

Es, a su vez, un manifiesto de identificación y de la esencia insustituible que forma a las personas y a los escritores pero que la mayoría de las veces llega de improvisto, y paradójica pero no absurdamente, algo externo estimula lo interno: “se arrastraban hacia mí”, dice Camila, la poeta de las serpientes, “me arrastraba hacia ellas/ por las arenas frías de la cueva./ Escribí en el polvo zigzagueantes enigmas.” 

Comentarios