Ley de aborto

OPINION | 

Muchos son los motivos por los que una madre llega a la trágica decisión de abortar y en su mayoría están relacionados al temor. Hay quienes lo hicieron por miedo al juicio de los demás o por el miedo de sufrir represalias o por no saber cómo enfrentar las dificultades de ser madre soltera; por no poder proporcionar una crianza adecuada al hijo; por haber sido víctima de una violación o sencillamente, por estar mal aconsejada.

Sólo modernamente se agregó la motivación ideológica tratando el aborto como un derecho de la madre por su mero interés.

La vida humana comienza en el momento de la concepción, con la unión del óvulo y el espermatozoide. Ya en ese instante principia la existencia de un ser humano que tiene derecho inalienable a transitar por todas las etapas de la vida hasta la muerte natural, siendo la gestación, la primera de dichas etapas.

El niño por nacer es una persona distinta a sus progenitores, con su propio cuerpo, con una exclusiva constitución genética y con la aptitud de desarrollarse sin necesidad de un acto de voluntad consciente de la madre.

El embarazo es un estado de la mujer que ha concebido, respecto del cual el niño por nacer tiene derecho a que se mantenga inalterado hasta su nacimiento, dado que durante ese proceso transcurre la primera etapa de su vida.

Ese derecho del niño tiene su correspondencia en la obligación del resto de las personas de respetarlo como a sus propias vidas, toda vez que si existiera una “titularidad” del embarazo sería en favor del niño por nacer y no de la madre embarazada, ya que la gestación ocurre en función del primero, tal como sucede con el huevo, del que nadie duda que está dado en favor del pollito y no de la gallina.

Considerando que el aborto destruye la vida del niño por nacer, se lo puede describir como el acto mediante el cual al menos dos personas ya nacidas -la madre que aborta y el abortista-, se confabulan para aniquilar de manera violenta la vida del niño por nacer y con ese fin, la madre otorga su consentimiento para que el abortista utilice instrumentos que aprisionan, pinchan, cortan o desgarran al niño hasta matarlo dentro del seno materno, para luego aspirarlo o extraerlo, incluso desmembrado en pedazos que serán vendidos en el comercio o depositados en basurales para su putrefacción o ser devorados por roedores, perros u otras bestias.

Aunque la descripción repulse, es lo que sucede detrás de la expresión “interrupción del embarazo” y ningún argumento puede cambiar la naturaleza de ese hecho cruel y atroz.

Es claro entonces que lo que se debate en Argentina es la instauración de la pena de muerte para los niños no nacidos, al sólo pedido de sus madres y sin abrir una instancia de defensa para el inocente condenado.

De aprobarse la ley, nos habremos convertido en una sociedad de homicidas y de bárbaros, muy distinta de la que soñaron San Martín, Belgrano, Sarmiento o Alberdi.

Si llamamos genocidio a las muertes y desapariciones provocadas por motivos ideológicos que ocurrieron a lo largo de una década de dictadura militar, cómo llamaremos a la matanza de miles de inocentes cada año, por el sólo hecho que sus vidas resulten inicialmente incómodas, aunque no impliquen peligro para nadie.

Recordemos que nada es gratis y que si renegamos de los valores que hacen a una condición humana elevada, nos degradaremos hacia una condición moral miserable que traerá cada vez mayor violencia y desprecio por la vida de los débiles.

No es una exageración.

La cultura de la muerte se instala poco a poco a través de las opiniones “políticamente correctas” aunque moralmente reprochables y con el tiempo, destruye la sociedad basada en la familia, el respeto a la vida y a la dignidad de las personas, para sustituirla por otra egoísta y sin conciencia sobre los terribles efectos que acarrea la transgresión sistemática del orden natural; se construye una sociedad confundida que no puede distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo correcto de lo incorrecto y a la víctima del victimario.

Una sociedad así, sensual, materialista y violenta, con personas interesadas sólo en sus deseos, en disfrutar de placeres y consumir recursos, a la vez que olvidadas del prójimo, de la moral y de la verdad, lleva en sí misma el germen del fracaso y jamás podrá ser justa, ni libre, ni virtuosa ni feliz.

La promoción del aborto nos adentra en ese camino y para que el proyecto de ley sea aceptado por la sociedad, sus impulsores utilizan técnicas de manipulación de la opinión pública, que tratan de disfrazar la realidad subyacente.

Es así como se modifica el lenguaje denominando “interrupción del embarazo” a la muerte violenta de una vida humana o, se introducen en el debate cuestiones de fácil aceptación como las de género, pretendiendo que la legalización del aborto es parte de la solución de esos problemas. Se invocan estadísticas de imposible comprobación, se pone en duda la existencia de vida humana desde el momento de la concepción y, hasta se consideran aspectos de estética ideológica, como el apoyo de sectores considerados de referencia, mientras se señala agresivamente a quienes defienden la vida.

A pesar de todos esos intentos, no existe duda de que el niño concebido es vida humana y que en términos normales, esa persona viviría probablemente más de ochenta años, para terminar sus días en forma natural, rodeada de hijos, de nietos y tal vez bisnietos; todos agradecidos por el don de la vida recibida, por el amor experimentado en infinidad de besos y abrazos, de alegrías y tristezas compartidas, de mates con tortas fritas, de multitud de cumpleaños y navidades y de la celebración de cada nuevo embarazo y cada nuevo nacimiento ocurrido en la familia a través de las generaciones.

Cuando se piensa que por cada aborto realizado, dejarán de existir una multiplicidad de personas, queda al desnudo el carácter pluri-homicida del proyecto de ley, como también, la necesidad de rechazarla para salvar de una muerte segura a un número incontable de argentinos y a la patria de sus nefastas consecuencias.

Señor/a Diputado/a, cuando llegue el momento de votar, se presentará ante Ud. el camino del bien y del mal; deberá elegir entre la vida y la felicidad o la muerte y la desdicha; en ese insigne momento, su existencia alcanzará el zenit de su propósito y la decisión que tome será su legado a la posteridad por todos los siglos, mientras a través del universo resonará interminable el eco de su conciencia repitiéndole sin cesar para su bien “defendí la vida” o, para su mal “los condené a muerte” .

Dios alumbre su decisión.

 

Rodolfo Bardengo

Ex intendente de Chivilcoy

 

 

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