El tarifazo disimula y disfraza un enorme impuestazo.

OPINION | 

Desde que Mauricio Macri asumió la presidencia, la mayoría de los argentinos eran conscientes de la necesidad de un cambio, que no se podía seguir manteniendo eternamente subsidios indiscriminados con un déficit fiscal de 7 puntos del PBI  sin tener consecuencias nefastas  como  un excesivo endeudamiento,  o la ya conocida y tan temida inflación que nos viene golpeando desde hace tanto tiempo.

Después de algunos logros interesantes, como el haberle devuelto la credibilidad al Indec,  la salida del default, el levantamiento del cepo, la reducción de la retenciones, el acceso a los mercados de crédito externo, etc, los votantes de cambiemos  esperaban que el gobierno continuara con las reformas que,  aunque dolorosas, se sabían  inevitables.

Pero nada de eso sucedió,  las expectativas se fueron diluyendo y la esperanza del segundo semestre, de los brotes verdes, de la lluvia de inversiones, se fue desdibujando y salió a relucir la triste realidad. El gradualismo fue demasiado gradual.  Los créditos externos se acabaron y el ajuste se tornó ineludible.

No se puede vivir gastando más de lo que se recauda.  Y  la presión impositiva ya era insostenible para los hastiados contribuyentes.  Pero como la viveza criolla no tiene límites, a los intelectuales del gobierno se les ocurrió que podían colgarse del tarifazo y al aumentar las facturas de las tarifas, estarían aumentando los  impuestos  asociados a ellas en la misma proporción. Y así lo hicieron, los servicios aumentaron en forma escandalosa y los impuestos incluidos en ellas también. Y de este ardid se prendieron todos. El gobierno nacional con el IVA,  las provincias con Ingresos Brutos y los municipios con todos los demás ítems.

Y la dirigencia política, otra vez, encontró la manera de que el ajuste lo hagan otros. Nunca evaluaron recortar sus obscenos sueldos y viáticos, jamás se les ocurrió bajar las abultadas jubilaciones que tienen innumerable cantidad de diputados, senadores,  jueces retirados,  ex presidentes, ex  gobernadores, ex intendentes etc.  Nunca estuvo en sus planes reducir impuestos para generar trabajo productivo.  Todos miraron para otro lado porque tal vez, esta última avivada les permitiría evitar el ajuste que  hace tanto tiempo viene esquivando: ajustar la política.

Cristina dejó casi dos millones más de empelados públicos y cuatro millones más de jubilados, que objetivamente, no pueden tocarse;  pero podían hacerse muchas otras cosas que hubieran evitado  pedir el auxilio del  FMI o terminar en una violente devaluación que siempre golpea con más fuerza a los más vulnerables.

Los que votaron a Cambiemos pensaron que “el  cambio” iba pasar por terminar con las jubilaciones de privilegios, por meter presos a los sindicalistas corruptos y mafiosos, por no emplear más en el estado a los amigos y familiares de los funcionarios de turno,  por parar con los planes sociales eternos, por terminar con los cortes de calles,  por la ilusión de la “pobreza 0”, por impuestos razonables, por un Estado eficiente y no plagado de “ñoquis”, porque los presos trabajen y no cobren más que un jubilado, porque los extranjeros no nos dejen sin camas los hospitales, por una educación de calidad que premie el esfuerzo de alumnos y maestros, por  jueces que  lleguen por concurso y no por acomodo,  por desarmar  “la industria del juicio”, por terminar definitivamente con la impunidad que desde hace tanto tiempo nos acompaña.

Los que votaron a Cambiemos pensaron que algo iba a “cambiar”. ¿Todavía será posible?

 

F.A.M.

DNI N° 11.......

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