Oscar Fernández - Jorge Romero

sábado, 13 de junio de 2015 · 00:00

Un tánden de objetivos y sueños.

Los comienzos de esta historia, donde Oscar R. Fernández y Jorge Romero, juntan esfuerzos en pos de una lógica expansión empresarial propia, o, en casos, asociados con terceros, tiene varios puntos en común. Pero, fundamentalmente la presencia de sus progenitores a través del ejemplo y de sus propias características emprendedoras que los han llevado a manejar un broker de empresas, algunas de ellas muy tradicionales de nuestro medio.

De tal forma, el grupo empresario maneja negocios y emprendimientos vinculados a la producción de seguros: Oscar Raúl Fernández y Cía. S.A.; distribución de productos masivos: Romero y Romero S. de H.; concesionaria de automóviles: Emilio Satriano S.A.; empresas de servicios: Empresa San Nicolás S.R.L.; acopio de granos: Huergo Cereales S.R.L.; actividad agropecuaria: Fernández y Benítez S. de H.

Indudablemente ha quedado muy lejos en el tiempo, pero siempre cerca en el recuerdo de Oscar Fernández, la experiencia en seguros aquilatada en la entrañable empresa chivilcoyana "La Aseguradora del Oeste S.A.", que le permitió - en 1972- abrir su oficina, precisamente en el mismo espacio físico -Lavalle y San Martín- que ocupa actualmente. Con la diferencia de que, en aquel entonces, alquiló sólo una pequeña oficina del 1er. piso.



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Se hizo ineludible la referencia a su padre, don Aquilino Fernández, oriundo de la zona de Cnel. Mom, -donde nació y se crió Oscar-, quien, gracias a su dilatada trayectoria comercial, le dejó un mercado amigable, de tranqueras abiertas.

También Jorge Romero realizó sus primeras armas de la mano de su padre, Julio, en el rubro de distribución de cigarrillos, golosinas y productos alimenticios. "De él aprendí todo -dice Jorge- y además fue quien más me alentó a abordar otros desafíos comerciales, con la sola advertencia de que sean en el marco de la honestidad y la rectitud".

De las palabras de ambos, surge una mutua admiración gestada por las características propias de cada uno de ellos. Así, Romero nos cuenta que siempre tuvo la imagen de un Fernández serio, ordenado, con conceptos muy claros sobre cómo desarrollar exitosamente una actividad comercial. Fernández, en cambio, cree encontrar en su socio, virtudes que él mismo desarrolló en sus principios, y que fueron determinantes para iniciar el camino común: capacidad de trabajo, tenacidad y aplomo, -poco habitual en gente de su edad-, finaliza-.

Ambos coinciden en que resulta increíble que haya sido posible consolidar tantos proyectos importantes en medio de crisis inéditas en nuestro país. Aún cuando la última década de la economía regional no fue nada favorable. Teniendo en cuenta que Chivilcoy siempre se caracterizó por tener relativamente bien balanceada su actividad económica, lo que le permitió en otras épocas crecer sostenidamente. Durante los últimos años, sin embargo, las variables económicas se presentaron negativas para todas las actividades: el campo, la industria y el comercio.

Coinciden también cuando les preguntamos su visión sobre el futuro de nuestra ciudad. Para Romero, Chivilcoy no perdió su potencialidad. Estuvo aletargado, pero a poco que cambiaron algunas variables se puede ver que va comenzando a moverse ese potencial en todos los sectores económicos. Aún lejos de haber superado los problemas, esto ayuda a ser optimista de cara al futuro.

Fernández, por su parte, asegura que desde su fundación y durante la segunda mitad del siglo XIX Chivilcoy fue distinto. Su estructura de producción con base agrícola, su pujanza económica, su vida cultural, distinguían a nuestro pueblo de otras ciudades de la provincia. Quisiera apostar -enfatiza- a que aquellas potencialidades fundacionales estén también intactas y que con el mismo esfuerzo de nuestros pioneros podamos, en la mitad del segundo siglo de vida, recuperar aquellas características peculiares que hicieron de Chivilcoy una ciudad sin par.


 

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