Julio Nicieza

sábado, 13 de junio de 2015 · 00:00



Sus empresas son íconos de Chivilcoy. Nicieza y Taverna fue la nave insignia que abrió paso a otras dos no menos importantes, como Supertap y Envaril. Julio Nicieza dio vida a sus sueños y los transformó en grandes emprendimientos.

Tangibles, de enorme peso social. Tan creador de nuevos negocios como generador de empleos. Hombre de carácter, de gesto duro, ganó su lugar poniendo todo. Siempre. Viene de un pueblito de la zona de Alberti. Villa María, de ahí a O'Brien y finalmente Bragado. Hijo de un asturiano que llegó a nuestro país a trabajar. De lo que sea. A los 14 años bajó del barco y en poco tiempo era dependiente de la "Buena Medida". Le bastaron seis años para ponerse por su cuenta en un almacén en Villa María. Ese padre español y una madre argentina, maestra y directora de escuelas rurales tallaron su destino.

Eran épocas difíciles.1946. Un compañero de secundaria le dió una mano para ser bancario. Fue a vivir en una pensión. A veinte cuadras del banco. Casi siempre iba caminando. No tenia ni "un cobre" para pagar el subte. Más del 80% de lo que ganaba se lo llevaba la pensión.130 pesos por mes en el banco, 110 para dormir y comer.

Por eso, un día, agarró la "valijita" y salió a vender fantasías por la calle. A la mañana visitaba negocios, a la tarde empleado de banco.

Sólo y en Buenos Aires, compartiendo una habitación entre cuatro, con noches largas, acostado, mirando el techo soñaba a los 18 años, otro destino.

Pero su edad, lo lleva al servicio militar. Un episodio lo pinta. Haciendo la "colimba" formó su primer grupo de trabajo.

Veamos: Julio escribía muy rápido a máquina y se ganó un sillón importante en el regimiento de Mercedes. Su misión era ayudante del jefe de incorporación. Manejar los destinos de los nuevos soldados: "Si sabe leer y escribir se quedan, si no sabe nada, mandalo a Cobunco o a Zapala" era la orden. Un día llega un teniente del sur y le dice: "Por favor, mejóreme la plantilla, me dio todos analfabetos, necesito soldados que sepan escribir, peluqueros, choferes. Mi compañia y yo seremos calificados a fin de año y "¿qué quiere que logre con esta gente?"

Y así dejó en manos de Nicieza la elección del grupo de trabajo de una compañia militar. Su primera misión fue un éxito.

Por eso lo invitaron a incorporarse. Allí vinieron los sueldos. En Bragado. Pero no alcanzaba para mucho y decidió vender autos en los ratos libres.

Pero, ya con "Chela" (su actual esposa) como novia, deciden volver a Buenos Aires. Otra vez bancario.

Vuelve con algún capital. Con un amigo, un tal Rasteri, encaran la compra de un bar en Capital pegado a un cine de Villa Pueyrredón. América, le pusieron. El día en el banco, la noche en el bar. Tres billares, generala y la charla bohemia y larga de los porteños que Julio se bancaba por el mango.

Pero era mucho y había que seguir buscando algo mejor. No daba más, agotado físicamente, aparece un nuevo pueblo: Berutti. Allí, un tío de Rasteri tenía un almacén de Ramos Generales. Un pueblo chico. Pero había dos fábricas. Entre las dos sumaban 400 operarios.

Uno de ellos era José Taverna. "Trabajo en esa fábrica" le dijo a Julio ¿Que hacés? Fabrico pintura. ¿Y para qué? ...Pintamos hilos de algodón. ¿Y para qué sirven? Para hacer bolsitas, le dijo.¿Venden mucho? Todo los días vendemos todo.

Nicieza, inquieto, astuto y emprendedor trajo la idea a Chivilcoy.

A los 22 años arrancó a los Taverna en 1951 y eligió esta ciudad porque era una de las pocas en donde nunca se cortaba la luz.

Después lo conocido. Millones de metros de hilo para bolsitas. Mil cuatrocientas personas hacían bolsitas en Chivilcoy. Familias enteras trabajando artesanalmente.

Pero nada es para siempre. Vino el polietileno y ahí se produce el gran crecimiento.

Julio vivió y vive bien. Pero todo lo que ganó lo puso en sus fábricas. Apostó siempre al trabajo. Tuvo un barquito y lo vendió. Tuvo dos aviones y también los vendió para sostener a sus empresas.

Siempre le fue bien -menos en una-. Una decisión pésima. Lo más negro de su vida. El frigorífico de San Pedro. Un buen negocio que fracasó porque nunca encontró gente que lo manejara bien. Se llevó todos sus ahorros.

Julio Nicieza, aquel que pintamos del gesto adusto, también fue músico, dueño de una orquesta. Tocaba el bandoneón, animaba bailes en O´Brien. "Los colegiales del Ritmo" orquesta que le dió también algunos pesos por el año 1940.

Pero su locura, su pasión, son los fierros. Los autos de carrera. Su sueño de siempre. Se desprendió parcialmente de Supertap, también de Envaril pero conserva como una joya sin precio su taller de Turismo Carretera.

Hoy sigue con la misma fe y entusiasmo como en 1964, cuando empezó, cuarenta años atrás.

Miles de horas de automovilismo, de querer hacer cosas nuevas. Muchas veces sin éxito, pero siempre innovando, creando. Hoy Julio Nicieza parece el mismo joven que se ilusionó con llegar alto con sus empresas, con sus negocios, pero dedicado a concretar su proyecto del más moderno automovilismo.

Es reconocido a nivel nacional, tiene el equipo con más años en el TC.

Una vida rica, generosa, generadora de fuentes de trabajo, un emprendedor que más allá de coincidencias o no, debería repetirse por cientos en nuestra argentina.

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