Juan Antonio Larrañaga

sábado, 13 de junio de 2015 · 00:00


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A los 56 años de edad, y con 29 de antigüedad en la empresa, el ingeniero electrónico Juan Antonio Larrañaga, es el presidente de Philips en Argentina.

En 1975, cuando ingresó a Philips, hacía muy pocos meses que en la Universidad Nacional de Buenos Aires le habían entregado su diploma, luego de cursar en forma brillante la carrera de Ingeniería Electrónica, lejos estaba de imaginar que podía llegar a constituirse en el hombre que iba a posicionar a esta marca de origen holandés, en el primer puesto en ventas.

En aquel momento, ocupaba el cargo de ingeniero en ventas, en la División de Componentes; de ahí ya como gerente de Producto, pasó a la División de Productos Profesionales después fue gerente de un grupo; luego fue a Uruguay; seguidamente lo enviaron a Colombia, luego Holanda, Estados Unidos, Argentina, Brasil y nuevamente Argentina, aunque sus decisiones tienen incidencia en otros países de la región.

Cada cambio significó un período y en cada uno de ellos ascendió un peldaño, hasta llegar a ser el Nº 1 de la empresa.

Poder conversar con él constituye un verdadero placer. Se siente orgulloso por lo que ha hecho y hace, aunque lo dice con humildad. De hablar pausado; muy raramente levanta el tono de voz. Se confiesa un hombre políticamente independiente, pero recuerda que su padre fue un conocido y activo militante radical y su madre era de origen conservador (hermana de uno de los últimos caudillos que dio la política lugareña: el Dr. Francisco José Falabella). De sus padres aprendió el respeto hacia la gente, los buenos modales, la cordialidad y la vocación de servicio, pero sin alardes. Su padre era de mano generosa, siempre dispuesta a brindar consejos, la palabra justa y nunca le negó una ayuda a nadie, pero no lo decía. Ni siquiera a sus íntimos. Se daba por satisfecho con saber que había cumplido con su conciencia. Del mismo modo actúa hoy su hijo, este chivilcoyano ingeniero electrónico que dirige una de las multinacionales más importantes del país.

Sin hablar de política partidaria, es un hombre que, por la experiencia recogida en el exterior, por sus conocimientos y estudios, no duda en afirmar que los mercados abiertos, globalizados, con estabilidad favorecen los planes de las empresas. No admite que no se cumpla con la ley, fundamentalmente en los aspectos fiscales y expresa que "todo el mundo se abra, que todo el mundo tenga que cumplir mejor, es bueno para todos".

Por razones laborales, estuvo radicado en diversos países, donde existen otras culturas y hay otras formas de pensar y de trabajar. Todo eso lo hace mirar las cosas desde un ángulo diferente y al retornar al país, "uno encuentra las cosas diferentes al resto de la gente. Uno se siente un expatriado dentro del propio país. Esa es la sensación al volver", comenta.

Reconoce que en Europa pudo aprender a mirar un poco desde más lejos las cosas y ver la organización. "Me acostumbré a ver las cosas organizadas, algo que aquí, por aquellos años no se veía", acota.

Al hablar de la desocupación, también le pone su sello característico: decir la verdad. Muy difícilmente a Larrañaga se le escape algún detalle cuando habla. Es muy cuidadoso en todos los sentidos y en ése también. Siempre fue así, aún desde chico y muy difícilmente cambie ahora, por eso, su habitual sinceridad aflora nuevamente cuando señala que un gran porcentaje de las personas desocupadas se observa en gente que no tiene capacitación y en tal sentido, no duda en manifestar que la educación en la Argentina se ha caído mucho y se sufren las consecuencias. "Pero para eso tenemos Gobierno, para eso pagamos impuestos. El Gobierno se debe ocupar de eso. El Gobierno debe crear un país competitivo, debe preocuparse por mantener las empresas de punta, pero también tiene que ocuparse de aquellos sectores que están sufriendo".

Acostumbrado a vivir en países desarrollados, no duda en calificar al trabajo en negro como un síntoma de corrupción y dice que en la Argentina si no existiese la corrupción y el trabajo en negro, podría existir un muy buen seguro de desempleo, como el que hay en otros países de avanzada.

No obstante, es optimista; optimista por convicción y lo afirma al manifestar con voz firme y segura: "Si estoy viviendo en la Argentina es porque creo que es el mejor país, si no estaría viviendo en otro lugar". Y no lo dice por decir. Porque oportunidades para quedarse en otros rincones del planeta no le faltaron y si volvió para quedarse, por algo será.

De hablar tranquilo, pausado, sincero; gesticula con sus manos en forma permanente; de rostro serio, pero amable, cordial. Recuerda a los amigos de la infancia; a los compañeros de la primaria en la Escuela Normal y también a aquellos con los que compartió los 5 años del bachillerato en el Colegio Nacional. No olvida sus raíces y, a pesar de estar radicado en la Capital Federal, es fácil verlo los fines de semana en nuestra ciudad, tanto sea paseando como haciendo alguna tarea en su quinta de la Avda. Jorge Newbery, a la que era llevado por sus padres cuando aún usaba "los cortos". Es el presidente de Philips en la Argentina, pero en el trato con sus amigos, con los conocidos, es el "Juancho" de siempre; el de la primaria, el estudiante de la secundaria; el chico serio, pero amable, cordial, educado y respetuoso. Así es este hombre; un verdadero orgullo para Chivilcoy.

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