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El punto de reunión se llama café

Por Irina Maradei

Transcurre la segunda estación del año y con ella esos días que invitan al café con ese aroma tan particular… El café entre amigos, con la pareja, solos o con algún compañero de trabajo. El otoño teñido de sus marrones, igual que el café. Y con el café, la historia de los cafés. El café en los tiempos pasados En Francia, desde la República, existen estos establecimientos, provocando una extraordinaria atracción sobre el mundo de las letras. Allí mujeres excitantes, prostitutas e intelectuales se conocían. Era una rara mezcla de prostitución y filosofía; una sabia alianza donde uno atraía al otro. Más tarde llegaron al café los estudiantes con su existencia despreocupada y bohemia, y una vez más las mujeres con sus perfumes contrastantes, maquillajes y ropas maravillosas, ahí estaban, haciéndose pagar la consumición. El infaltable camarero se desplazaba entre las mesas, mientras los jóvenes se entretenían haciendo bromas burlonas a determinados personajes que rondaban el lugar. Algún mendigo o artista que improvisaba el show producía las carcajadas que se oían desde la calle. Esas eran noches de plumas y sombreros abollados, de medias de seda y bailes sobre las mesas. Se escuchaban canciones y vasos rotos hasta las dos de la mañana, hora en que los cafés cerraban obedeciendo el reglamento municipal. Por entonces, el café era el punto de encuentro de las mujeres de vida alegre y los bohemios intelectuales que hacían del lugar un centro neurálgico de la vida literaria. Los cafés de París merecen una página de la historia. El café Weber, de la Paix, Madrid, d’Harcourt y otros, a lo largo de los bulevares eran la expresión de dos clases sociales. Por un lado estaban los que más poseían y por el otro, los trabajadores y gentes sencillas que concurrían a los cafés del bulevard Montmartre.

Los muchachos del café

El café tiene sus códigos. Vamos a observar que a él concurren siempre las mismas personas. Allí en rueda de amigos, se exige el verdadero ingenio y se lo paga de inmediato con risas. El café es la escuela de la franqueza y del ingenio, donde se descubren verdaderos talentos. En este refugio se reúnen políticos, artistas, escritores, periodistas y el hombre común. Como un ritual, los muchachos frecuentan el lugar como si este fuera el ombligo del mundo. Todas las noches, tardes o mañanas. Cada uno opta por un horario según su actividad. Los muchachos tienen por costumbre reunirse siempre en la misma mesa. Leen el diario, comentan acaloradamente el partido de fútbol, las nuevas medidas económicas, miran a la chica pasar y se abandonan al ejercicio de la crítica. Por la mañana el café suele ser con crema y medialunas. Por la noche puede ser compañero de algún vaso con alcohol. Hay muchachos que prefieren el mostrador como refugio y les puedo asegurar que en ese lugar existe una determinada manera de beberlo.


El café literario

Balzac consideraba al café como un estimulante literario. El café literario se caracteriza por su facultad para servir de lugar de citas, de reuniones, de encuentros y de intercambios. Allí se encuentran escritores practicando la actividad, leyendo, jugando al ajedrez, al billar, al dominó o tan solo hablando hasta perder el aliento. Allí se fomentan revoluciones, se lanzan manifiestos y las ideas se disparan. Allí tomando un café se arregla el mundo. Al café literario no concurre gente para divertirse o tomar vulgarmente un café. Acude gente para trabajar con la pluma y el papel, esperando la llegada de la musa inspiradora.

Chivilcoy y sus cafés


En nuestra ciudad el café también adopta el nombre de confitería o bar. En todos los tiempos los hubo. Cálidos y agradables y no tanto. Animados en determinadas horas y solitarios en otras. Poblado, generalmente, de hombres por las noches y frecuentado por mujeres en las tardes. Están aquellos que reúnen a la familia y los otros, esos… donde se comparten las pálidas madrugadas. En fin, hay en las esquinas y a mitad de cuadra. Con música pop o tangos. El abanico de la diversidad concurre a ellos. Algunos se perdieron en el tiempo, como el café de Valerio Acuña, Vicente Cattaneo, José Girau, Lorenzo Vallerga, Francisco Viau, la confitería Pellegrini y el Café Japonés, entre otros. Unos pocos, más allá del cambio de apariencia, se mantienen entre nosotros, como La Perla y el Bar Mami, lugares que albergaron a varias generaciones de nuestra comunidad. Otros, jóvenes aún, tienen su lugar en la ciudad.

Hoy volveré a encontrarme con los amigos y seguramente tomaremos un café. La gente nos verá sentados detrás del vidrio, discutiendo sobre política, el partido Boca – River o la historia del algún fulano o fulana que se atrevió a vivir una vida más allá de los límites. Y una voz gritará: ¡Mozo! Otra rueda de café.



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